Capítulo 4: Del otro lado del guardarropas

Si yo tuviera el culo de cualquiera de las chicas que están haciendo body pump en el piso de arriba, dejaría de insistir con el gimnasio. Es un hecho: Lo único que tiene de bueno empezar la rutina con quince minutos de escalador es que desde acá, inclinando unos treinta y cinco grados la cabeza hacia arriba, se ven de espalda una fila de fanáticas del gimnasio, que a pesar de tener el cuerpo esculpido, siguen dándole duro al body pump, chicas que transpiran, sufren, se ríen cómplices, se tocan envidiosas unas con otras las remeras dry-fit Nike, las calzas Reebok, las zapatillas Adidas aerobic, y se miran al espejo. Todo el tiempo se miran al espejo, lo hacen mientras levantan las pesas rojas de dos kilos, cuando se agachan en las sentadillas, o cuando se llevan el pecho a las rodillas en los abdominales; se miran todo lo que puedan. Yo también lo haría si tuviera ese cuerpazo, no voy a negarlo. Pero creo que me lo miraría en el espejo de casa. Al gimnasio vendría únicamente para reírme de las que se matan en la cinta y abandonan a los dos meses porque finalmente entienden que aunque respeten la rutina a raja tabla, se esfuercen, transpiren, corran y vayan a todos los talleres, nunca, jamás tendrán el lomo que tienen las chicas del body pump. Y eso no es por mala suerte o por la tiroides: Eso es por la genética que le toca a cada uno en la vida. Cuando tenés buena genética, tenés buena genética y cuando no la tenés, no la tenés.

      Eso lo pensaba cuando en el visor del escalador (una máquina del infierno que simula que estás escalando hacia la mismísima nada) marcaba 9:58 y eso quería decir que me faltaban 5:02 minutos para terminar la entrada en calor. Trato de no mirar el visor a cada rato porque siempre me falta mucho para terminar y “mucho” es la misma cantidad de tiempo así falten diez, cinco o dos minutos.

– En media hora empieza el taller de abdominales, Corpotorta.

Desde que dejé el laboratorio chico, nacional, familiar, por un mejor puesto en uno grande, multinacional, impersonal, Quique me llama “Corpo-torta”. La primera vez que me lo dijo me enojé. No me gusta la palabra torta, ni los chistes cliché cada vez que cumplo años y me traen la torta. La segunda vez que me llamó así, lo miré fijo y en silencio. La tercera, resolví que no tenía tiempo de educar a Quique, y que aunque lo tuviera, de todas formas sería en vano. Es una marica divertida, pero no tiene sentimientos.

 

– No puedo. Tengo hernia de ingle.

– ¿De coger?

– No, de ingle, marica maldita.

A Quique le gusta mi entrenador y algunos profes del taller de abdominales. Por eso insiste con el taller. Mi entrenador es del grupo de los profesores de educación física con buen lomo pero no de los anabólicos. Es decir, es de esos con los bíceps y tríceps marcados, pectorales firmes y espalda que va de ancha a estrecha hacia la cintura, pero sin ser inflado. Sus muslos no son gran cosa pero tiene un buen par de gemelos. Intactos y peludos. Siempre está bronceado y tiene una gorra con visera que hace que lo veas lindo, al menos de la nariz para abajo. Los ojos no se los vi nunca y esto no es en absoluto necesario porque trato de dirigirle la palabra sólo cuando no me queda otra: Cuando no recuerdo la rutina o cuando quiero reemplazar un ejercicio por otro porque me duele la ingle. Al parecer le encanta ser profesor. Se pasa el tiempo paseando de una cinta a la otra, luego va detrás de las bicicletas, hablando con una, hablando con otra. A todas les da consejos de los más variados, pero principalmente habla de dietas sanas y milagrosas. Se nota que no sabe nada de bromatología, pero en cambio es magíster en suplementos dietarios y aminoácidos. Cuando pasa detrás de mi escalador, me mira serio y me pregunta “¿Todo bien por acá?”, y yo le hago un gesto de que sí, de que está todo bien, y sigue de largo. No termino de descifrar si me tiene respeto, sabe que me parece un estúpido, o simplemente no le gusto. Yo lo saludo cuando llego, pero nunca cuando me voy. Trato de escaparme, no sé si por vergüenza, por antipática o por idiota. Es de la clase de tipos que jamás me esforzaría en conocer. Cuando me armó la rutina me preguntó qué parte de mi cuerpo quería tonificar. Le dije que todo y rápido porque no tenía demasiada esperanza de continuar en el invierno. Y se lo dije un poco en chiste, un poco en serio. Pero el fulano se lo tomó literal, y me explicó que todo de golpe no se puede, y que el metabolismo, y que el ácido láctico, y que la grasa, y que la dieta, y que la rutina, y que se calle, por favor que se calle…

Son cinco profesores en los que estamos repartidos todos nosotros. Los gordos, las chicas del body pump, los patovicas, las maricas, los tortones, los atletas, Quique y yo, que terminamos allí porque en la lista de “actividades pendientes post-graduación” que hicimos una tarde en medio de ochenta finales, ésta era una de las primeras junto con: Cortarse las uñas de los pies cada quince días, hacer fotografía y salir a bailar sábado por medio. 

 

– Hay dos por uno en el gimnasio de acá a la vuelta, corpo-tort (a veces lo abrevia y suena menos feo). Nos anotamos los dos, pagás vos.

– ¿Hay pileta?

– Sí, hay pileta, yoga, boxeo, body pump, y talleres de abdominales cada media hora.

– Los detesto. ¿Hay algo más feo que los abominables?

– Sí: El culo caído de una recién recibida de farmacéutica.

– Más te vale que no abandones a los dos meses, marica. Anotame, dale.

Hace tres semanas que empezamos y Quique ya se curtió al que guarda los bolsos en el vestuario. Un negrote de esos que vienen de Somalia, con dientes muy blancos y piel muy oscura. Alto, altísimo. Eso pasó cuando se dio cuenta de que mi entrenador lo saludaba y le daba charla de pura onda pero que era más heterosexual que mi papá. Esa tarde nos habíamos encontrado en la puerta como todos los martes.

– Martes a las siete, Corpo-tort, llueva o truene.

– Martes a las seis cincuenta, marica. Y si me plantás le digo a mi entrenador que lo amás y no podés vivir sin él. 

Subimos como siempre el piso por escalera, Quique se va al vestuario de hombres, yo al de mujeres. En el vestuario de gimnasios con pileta sucede que las mujeres que vuelven de la piscina, se duchan. Por este motivo, el baño se convierte en un desfile de tetas caídas, cachas flácidas, mallas enterizas subidas hasta la mitad, pelos en las bachas, piso y mesadas, olor a Cloro, a champú Plusbelle, a crema para peinar Sedal y a crema corporal Hinds. Trato de no mirar, de dejar la cartera y el celu en el guardarropas y salir disparando, pero siempre una o dos tetas se me interponen en el camino, alguna pierna embadurnada en crema, un latigazo de pelo mojado. Esa tarde no sucedió. Esa tarde entré, dejé todo en el guardarropa y salí. Exhalé aliviada. Quique aún no había salido y lo esperé unos cuantos minutos antes de enojarme lo suficiente como para subir sola a la sala de musculación, en el segundo piso. Miré alrededor, no vi a mi entrenador, volví a exhalar aliviada, no vi a Quique tampoco, y me subí al maldito escalador para los sabidos quince minutos de entrada en calor. La clase de body pump no había empezado con lo que tuve que conformarme mirando al grupo de patovicas amontonados en lo que llamamos con Quique la sala de los duros. Un espacio destinado a ellos y sólo a ellos, en donde las pesas van de cien en adelante, en donde todo lo que tocás está sudado, roto y entalcado. Los patovicas sí son de los inflados anabólicos. Tienen pectorales turgentes y brazos anchos. Los muslos son pequeños en comparación de sus cuerpos enormes y morrudos. La mayoría tiene pelo rapado o muy corto con gel Lord Cheselin, y usan jogging gastados y remeras ennegrecidas con cuello estirado y sin manga. Se puede decir que son de los grupos más unidos del gimnasio. Cuando un patovica hace pecho con más de ciento cincuenta kilos siempre hay otro que se ubica por detrás para asistirlo en caso de que se rinda. Eso casi nunca sucede porque los otros tres o cuatro patovicas que quedan a los costados le gritan cosas como: – Dale, macho, la concha de tu madre. Y eso es motivador hasta para mí, que casi siempre me quedan 5:02 minutos para terminar la entrada en calor.

Quique no volvía, y cuando el escalador terminó conmigo, bajé a buscarlo. Me imaginé encontrarlo desmayado en el descanso de la escalera y eso no me sorprendería en lo más mínimo. De todos mis compañeros de cursada Quique era el más adicto al Modafinilo. Una droga psicoactiva que nos mantenía concentrados y despiertos para estudiar por muchísimas horas, pero con irreversibles secuelas cardíacas si se la consumía en gran cantidad, como lo hacíamos casi todos los estudiantes de farmacia (En especial Quique). Los dos últimos años de carrera se los debemos al laboratorio que la desarrolló y lanzó al mercado. 

Llegué al descanso y no estaba, así que continué hasta el vestuario. Me paré en la puerta y disimulando, miré hacia abajo, hacia el costado y después hacia adentro. Sólo vi medias de toalla Duffour en el piso, un torso desnudo de marica depilada y al fondo, en una esquina ínfima, de refilón detrás del guardarropa, dos siluetas en el espejo. Uno, indefectiblemente era Quique, lo otro era un ropero negro de ambo azul Pampero que lo envolvía. Se dieron un beso de despedida y Quique salió con una sonrisa que le tocaba las orejas.

– Te apretaste al negro guardarropas. Yo no te la puedo creer.

– Callate tarada, vamos al descanso que me falta el aire. No sabés, entré al vestuario, vos me viste, entré a la par tuya. Dejé el bolso, el celular pero cuando me estuve por ir, Milton me agarró de la muñeca.

– ¿Milton?

– El negro. Se llama Milton. Me agarró de la muñeca y me dijo que me quería mostrar algo del otro lado del guardarropa. Le dije que me estaban esperando, que mejor después de la rutina, pero insistió, me dijo “dale que vos tenés ganas”. Recién cuando dijo eso me di cuenta de que se me estaba insinuando.

– ¿Y no había gente?

– Sí, qué no. Estaba el grupo de las maricas mirándose al espejo, poniéndose talco en los guantes, lo de siempre. Bueno, me dijo, “dale que vos tenés ganas” y le dije “¿Ganás de qué?”

– ¿Me vas a relatar todo? Dale, andá a lo importante.

– Imbécil, escuchá. Me pasé del otro lado y me llevó al baño sólo personal autorizado, me tiró la goma como una loca. Una mano enorme, negra, firme, me sacudió como un hijo de puta, no lo podía creer.

– ¡Qué asco! ¿Y ahí quedó?

– No, no. Después se bajó el pantalón y tenía puesta una vedetina de encaje fucsia divina.

– ¿Qué marca?

– Sos una pelotuda. Sweet Lady, no sé. Se dio vuelta, apoyó sus manos negras enormes contra la puerta. Una cola que te morís, mejor que la de las chicas del body pump, ni una estría, nada de celulitis.

– Los negros tienen buena genética, no hay con qué darle. 

– ¿Eh? Bueno, la cuestión es que se corrió la vedetina para un costado y me dijo “la quiero adentro ahora”.

– No me hace falta tanto detalle. ¿Te culeaste al negro guardarropas? No tenés límites. ¿Te cuidaste?

– Sí, sí, me cuidé…. No sabés cómo gritaba.

– Voy a tener pesadillas, no quiero escuchar más. ¿Y la gente?

– ¡Qué sé yo!

– Yo no entiendo nada. ¿Ahora vas a ser así? ¿Este es el Quique pos-graduado? ¿El cogedor de negros guarda-ropas? Fijate de hacer un posgrado, una maestría, algo que te ponga un poco de coto porque vas a terminar mal.

– ¿Un poco de coto? 

– Sí, un coto, un límite, tarado. Desde que nos recibimos que estás desatada.

– Vení, dame un beso. Chau coto, te veo el próximo martes. Estoy exhausto.

Sonrió, me besó la frente y bajó saltando las escaleras. Ya había tenido suficiente ejercicio.

En lo que a mí respecta, en cambio, me quedaban todavía tres series de quince abominables inferiores en colchoneta, cuatro series de diez tríceps con polea, dos series de veinte dorsales superiores, tres series de veinticinco de bíceps aéreos con mancuerna de dos kilos y otros quince minutos de escalador para eliminar el ácido láctico que produce el ejercicio anaeróbico de los fierros.

Finalmente cuando llegué al escalador, las chicas del body pump ya estaban elongando y así pude superar los 5:02 minutos fatídicos que me faltaban para terminar la rutina. Me bajé de un salto, esquivé a los patovicas y salí casi corriendo cuando vi a mi entrenador de espaldas mirándose al espejo. Con suerte, pensé, buscaría mi bolso y mi celu en el vestuario y alguien se daría cuenta de las ganas que tengo yo también de pasar del otro lado.

 

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Capítulo 3: Revolución Solar

“No hablar de más”, “Si tu jefe te maltrata, respirá diez veces y luego respondé: Enseguida preparo el informe, Doctor”, “Si los empleados están en pelotudos, ignorarlos, ¡No insultarlos!”, “No discriminar, esto no hace a los peruanos menos feos”, “Si llama Mercedes para invitarte a salir, decí NO. No caer en la trampa”, “Si Quique te invita a La Puerca, decí NO. No caer en la trampa”.

Repasé todos los ayuda-memoria que fui pegando en la puerta de mi habitación desde que vivo en este departamento, hace ya tres meses. Como era sábado me pareció estúpido el que se refería a mi jefe y estuve a punto de sacarlo, pero finalmente lo dejé porque era altamente probable que el lunes lo necesitara de nuevo. Todos estos carteles me ayudan a ser cada día una mejor persona. Estoy en esa búsqueda, por decirlo de algún modo. 

La cita era a las diez de la mañana en Hipólito Yrigoyen y Loria, a unos pasos de la facultad de Psicología.

Que una vieja me advirtiera antes de llegar que todos saben todo, que tenga cuidado porque andan sacando fotos que después circulan por Internet y que el que mal anda mal acaba, me dio escalofríos. Vergüenza sentí cuando la vieja, advertencia va, advertencia viene, se levantó de repente la pollera genérica cosida a mano y me mostró sus piernas, diciéndome que como ella tenía las piernas muy delgadas y lindas habían usado su imagen para publicidades que no había autorizado. Y cuando digo vieja digo 84 años. Y cuando digo vergüenza digo que tenía a media facultad de Psicología enfrente viendo cómo le miraba las gambas a la vieja, que insistía en levantarse la pollera cada vez más y mostrarme bien las piernas. Lo que me falta. Quedar como una torta mirona come viejas.

Le dije que sí, que ella tenía razón, que todos saben todo, y que hay que cuidar la imagen, y llegué a destino con la frase “el que mal anda, mal acaba” resonando en la cabeza. ¿Será un mensaje para mí? El que mal anda, mal acaba; el que mal anda, mal acaba, ¿El que mal anda, mal acaba?

Piso trece, departamento “A”. No estaba nerviosa en absoluto, sí muerta de frío y con vestigios de una gripe obstinada que el Qura Plus no había logrado matar del todo. (Tos catarrosa) – Hola Soy Malena, tenía turno a las diez. – Hola, ¿Alguien te abre?  – No veo a nadie. – La puta madre, ahí bajo.

“¿La puta madre ahí bajo?”. Pero ¿Qué clase de astróloga es esta? Ya estaba a punto de irme, de llamarlo a Quique para insultarlo por habérmela recomendado y mandar todo al demonio; pero la fulana ya tenía demasiados datos míos: Fecha y lugar de nacimiento, horario de nacimiento (corroborado con la partida de nacimiento), nombres de padre, madre, amigos, y un listado de preocupaciones o inquietudes que quisiera despejar. 

            Un portero me abrió la puerta y no supe qué hacer. Si subía al departamento tal vez ella ya hubiera bajado a buscarme. Si bajaba y me veía en el hall, me preguntaría: ¿No era que no te abrían? Subí al 13, toqué timbre y no estaba. La esperé en la puerta. Cuando llegó y me vio, me odió, pero mi estado gripal hizo que sólo dijera: “Al final me abrieron, sorry”. Y me volvió a odiar.

             El departamento no tenía pósters de planetas pegados en la pared ni veladores de sal del Himalaya. Tampoco había un gato negro y rechoncho sentado en la mesa. Quique me había engañado, qué marica pelotuda. Estaría riéndose de mí sabiendo que yo estaba ahí, con María Isabel Casanovas, esperando un escenario epifánico y encontrando –desilusionada- un departamento hippie, con cama Simmons de una plaza haciendo de sofá, cubierto por un tapiz mapuche o de alguna otra comunidad originaria, un calefactor móvil del tamaño de un lavarropas, un televisor LCD Samsung nuevo sobre una mesa vieja de madera y una gata Bengalí que jugaba en el piso de Parquet con un corcho Santa Ana. Ella, una señora que ronda los cincuenta y la gordura, tiene el pelo castaño oscuro y no tiene turbantes ni nada por el estilo. El único accesorio es un reloj Election. Tiene una remera de modal violeta sin marca y un pantalón tipo Palazzo del mismo color: Un insulto a la moda, pensé mientras dejaba mi gamulán Cuesta Blanca en la cama-sofá.

–          Malena, primera vez, ¿No?

–          Sí. Me contó Quique que había venido y bueno, la verdad es que me dio intriga. Te mandé un correo con algunas preguntas como me pediste.

–          Sí, las vi. Muy bien detalladas. ¿Vas a grabar con algún dispositivo?

Otro detalle importantísimo que Quique no me había dicho. Se podía grabar. Y yo no tenía con qué. 

–          No, no traje. No sabía que se podía. Qué pena. Tengo un grabador Aiwa pedorro que me hubiese servido. 

–          Bueno no te preocupes, cualquier cosa que te olvides me lo preguntás por mail. Malena, vamos a comenzar con tu carta astral y luego con tu revolución solar que es la actualización de tu carta. ¿De acuerdo?

–          Chino básico.

–          La cosa es así: Cada persona nace bajo un cielo determinado y único para ese momento del nacimiento. Esa es tu carta astral o natal. Es decir que tu carta astral representa el cielo en el momento de tu nacimiento, ese día a esa hora específica. La revolución solar es la actualización de ese cielo en la edad que tenés ahora…Veinticinco

–          ¿Eso marca mi destino?

–          Nada marca tu destino, sólo que el cielo en el momento de tu nacimiento y las actualizaciones de ese cielo, hacen que existan predisposiciones a que te ocurran determinados sucesos en determinados momentos de tu vida. Pero siempre, en la consulta astrológica se habla de probabilidades y no de certezas. Y esto sirve para que podamos torcer, evitar, posponer o hacer algunas cosas cuando el cielo está apto o más liviano para esas cosas. ¿Se entiende? 

–          Entonces ¿Vos me podés decir “hacé esto” o “no hagas aquello” en función a mi carta?

–          No. Digamos que yo te voy a decir para qué estás pre-dispuesta, y vos vas a decidir qué hacer y qué no hacer.

–          ……

(Cuatrocientos cincuenta pesos al tacho, volumen I)

–          Malena: Sos de géminis. El signo de la transmutación, la inteligencia, la creatividad. ¿Hacés alguna disciplina artística?

–          Nada más lejos: Soy farmacéutica.

–          Mirá vos. Pero bueno, desarrollás drogas, creás formulaciones, hacés algún preparado…

–          No. Hago trabajo administrativo en un laboratorio de especialidades medicinales.

–          ¿Y te interesa la ciencia, quiero decir, la investigación?

–          La verdad que poco. Estudié farmacia porque mis tíos tenían una y estaban forrados en plata. Después, cuando ya estaba en cuarto año, me enteré que mi tío tenía plata porque había heredado una chacra en Chivilcoy donde había buena tierra para la soja, pero no por la farmacia. Yo igual la seguí porque ya me faltaba poco.

–          …….

–          Pero me gustaría hacer un curso de fotografía ahora que terminé la carrera.

–          Muy bien. Sí, eso te lo recomiendo porque como te decía, sos géminis. Tu sol está ahí. Vos ahora tenés a Tauro, tu luna, predominando, y por eso sos tan terrenal, te aferrás a lo seguro, al trabajo en relación de dependencia, a las relaciones. Pero tenés una buena distribución de elementos en tu carta. Tenés 10 de fuego, 45 de tierra, 20 de agua y 25 de aire. Esto es muy bueno porque te da versatilidad, aunque siempre con una sobrecarga de tierra. Veo que tenés también una acumulación de planetas en la casa 8: La casa de los recursos materiales, que coincide con tu elemento preponderante. Esto quiere decir que más tarde, más temprano vas a tener dinero.

–          ¿Y esto para cuándo sería más o menos?

–          No, no es que aparece de la nada en determinado momento. Es una característica de tu carta natal. Habrá que ver qué estás haciendo vos para que se de. No es mágico.

–          ………

(Cuatrocientos cincuenta pesos al tacho, volumen II)

–          Esto es muy bueno. Habrá que concentrarse en el trabajo, en crecer profesionalmente. Por otro lado, en la casa 2, la casa del matrimonio veo dos grandes momentos en tu vida amorosa. Esto puede significar dos matrimonios o dos momentos importantes con una misma persona.

–          ¿Hombre o mujer?

–          ¿Cómo hombre o mujer?

–          Claro, si sale ahí si va a ser un hombre o una mujer.

–          Eh, no acá no sale eso. ¿Vos salís con hombres o con mujeres?

–          Y… A veces con hombres, a veces con mujeres. Ahora estoy saliendo más con mujeres… Pero me va igual de mal con ambos sexos.

–          Bueno, acá en la carta no parece que haya ningún inconveniente para relacionarse. En donde sí existe una línea roja, ¿Ves acá? es en la relación maternal. Estas líneas rojas son relaciones que no se dieron de forma armoniosa.

–          Pero está toda roja la carta, ¿Son todas de mi relación maternal? 

–          No, son varias. Son relaciones mal dadas. No es tu culpa, obviamente, y se puede mejorar con terapia, yoga y otras actividades que te voy a ir diciendo.

–          Yo voy a terapia desde los quince. Ya me parecía que había algo kármico con las relaciones.

–          No, no, no hay nada kármico. Yo no dije eso. Dije que las líneas rojas son relaciones mal formadas, no armoniosas, pero que se pueden corregir.

–          Bueno, veremos. Pero a esta altura si después de nueve o diez años de terapia salen tantas líneas rojas, no sé qué más tengo que hacer…

Ahí fue cuando pensé en Quique otra vez, en lo contento que había salido de su consulta astrológica. Y yo estaba ahí enterándome que por algún planeta siniestro tenía mi carta natal repleta de líneas rojas como los punteros láser del boliche. Y que si bien tengo todas las posibilidades de ganar mucha plata, como estoy en Tauro y no en Géminis y eso quiere decir – indefectiblemente- que estoy en la industria farmacéutica en vez de en la artística, no estoy haciendo que la cosa funcione. Para resumir: Donde no me caga el destino, me cago yo.

–          No te desanimes, sos muy joven todavía. Con respecto a la actualización de tu carta, ahora en tus veinticinco, veo que hay una altísima posibilidad de que conozcas a alguien. Esto es muy bueno también. Es una relación que parece que va a ser larga, que conocés en el ámbito de una casa de estudios, o algún nuevo estudio. ¿Haces algún curso actualmente?

–          No, pero con Quique nos queríamos anotar en un posgrado de medical devices.

–          Sí, sí, te lo recomiendo definitivamente; es muy clara la carta en este aspecto. Sale que podés llegar a conocer a alguien para el mes de Octubre.

–          ¿Pero en este curso que te digo yo?

–          No sé, esa información no sale. Tampoco si es hombre o mujer.

–          ……..

(Cuatrocientos cincuenta pesos al tacho, volumen III)

–          La macana es que como para ese mes Venus se posiciona sobre tu sol, la relación que se forma es de carácter plutoniano y por lo general este tipo de relaciones son pesadas, con muchos celos, paranoias, persecutas; son esos tipos que te llenan de mensajes, te celan, te persiguen. O al revés.

–          ¿Cómo al revés?

–          Claro, que la que persigue, la que cela, la que ahoga puede que seas vos.

–          No, eso no lo creo.

–          Nunca se sabe….Y ¿Qué feo, no? Porque uno ¿Qué más quisiera que tener una relación linda, compartir, tener confianza? Pero bueno, a algunos les toca vivir esto. Por eso te recomiendo terapia de pareja, para evitar situaciones desagradables.

–          Pero ¿Terapia de pareja desde el comienzo o espero a tener problemas?

–          No, bueno, vos andá fijándote. Eso manejalo vos.

–          ¿Y la terapia tiene que ser alguna en especial? ¿Geltástica, conductista, lacaniana?

–          Puede ser cualquiera, no sé. De todas maneras, no todas son pálidas porque en una segunda pareja o una segunda etapa de esa misma relación viene una con rasgos saturnianos. Las relaciones con sol en Saturno se caracterizan por el compañerismo, la comprensión, el equilibrio. Esto te pasa alrededor de los 42 años, cuando abrís el nuevo ciclo.

–          ¿A los 42? ¿Y hasta esa edad voy a padecer la relación plutoniana?

–          Y según la carta, sí, pero como te dije, vos podés hacer terapia, desarrollar una buena comunicación con la persona, hacer que él también haga consultas astrológicas.

–          O ella.

–          ¿Cómo?

–          Digo que “él haga” o que “ella haga”.

–          Sí, sí. En cualquier caso…

–          Bueno, lo voy a tener en cuenta….Qué re-cagada…. María Isabel, con respecto a las preguntas que te mandé, ¿Podemos chequearlas ahora?

–          Sí, claro. A ver son cuatro preguntas. Tuve que estudiar bien tu carta ayer. Tus preguntas fueron muy concretas. Leé la pregunta de acá, yo te voy respondiendo. 

–          Sí dale, así de paso las releo porque ya me había tomado el cuartito de Clonazepam cuando te mandé el correo. Ahí va la primera: “Considerando que hace ya más de tres años que no tengo pareja y que las últimas relaciones fueron casuales, ¿Puedo considerar que es parte de mi destino ser soltera por el resto de mi vida y tener que sublimar los deseos sexuales con alguna disciplina artística? Al principio mencionaste esto de una disciplina artística. Evidentemente no estoy tan lejos, ¿No? 

–          Esto no es tan así. La disciplina artística sí te la recomiendo porque tu búsqueda debería estar orientada al buen vivir y no sólo al vivir. Y para ello debés vencer tu luna en Tauro y desarrollar tu sol en Géminis, para estar en plenitud. Tauro te tira para atrás, te hace ser un poco aparatosa, durita, sin ánimos de ofender, te hace un poco inflexible. Y Géminis, en cambio, tu signo por excelencia, tu sol, carga tu misión en la vida

–          Que sería…

–          Que sería, que sería…yo no sé lo que sería. Eso tampoco está en la carta. Vos tenés que descubrirlo.

(Cuatrocientos cincuenta pesos al tacho, volumen IV)

–          Claro pero evidentemente la farmacia no es, porque voy a ser sincera, yo me sentí aliviada cuando terminé de estudiar, pero no feliz lo que se dice feliz, como la mayoría de mis compañeros, que disfrutaron los huevos, la harina, la fiesta de graduación y esas cosas. Yo enrollé el título, lo tiré bien al fondo del placard junto con la ropa de verano y a otra cosa mariposa.

–          Por eso te comentaba que tenés que buscar tu sol. Y la respuesta a tu pregunta es: No. No vas a morirte sola. Al menos las probabilidades de que eso suceda son casi nulas.

–          Pero mirá que yo soy la reina de las excepciones. ¿Vos me podés asegurar esto?

–          Mirá, las únicas garantías que vas a tener en la vida, y no te lo digo como astróloga sino como cualquier hija de vecino, son las que te vienen en una caja cuando te comprás un televisor.

(Con este comentario confirmé que el LCD Samsung era nuevito, nuevito)

–          Bueno, no importa, pasemos a la segunda pregunta que dice así: Hace dos años que mi nona amaga con morirse y nunca puedo irme de viaje con amigos para año nuevo porque siempre puede ser el último año de la nona viva. ¿Se ve algún deceso en la familia?

–          No. No se ve ninguna pérdida familiar. Parece que vas a tener que posponer un tiempo más las vacaciones con tus amigos o convencer a tu familia de que la nona tiene rollo para rato.

–          Y sí, algo voy a tener que hacer con esto. Vamos con la tercera: Trabajo duro desde mis diecinueve años y ahorro plata desde entonces. Las fluctuaciones del dólar hicieron que hoy tenga la misma cantidad de dinero ahorrado que hace cuatro años atrás. Considerando que voy a seguir viviendo en la Argentina, ¿Me conviene dejar de ahorrar y vivir el hoy o algún día me voy a poder comprar una casa?

–          Bueno, la verdad es que es una pregunta difícil. Voy a basarme en lo que dice tu carta. Tu carta dice que vos lográs tener dinero en algún momento, que no sabemos cuándo. Para eso hay determinadas zonas que deben activarse y se necesita tiempo. Vos no entraste aún en la adultez astrológica, con lo que por más que hagas mucho esfuerzo, es posible que antes debas pasar por algunas experiencias que evidentemente tienen enseñanzas para vos. Yo te diría que ahorres lo que puedas, te concentres en el trabajo y disfrutes también.

(Cuatrocientos cincuenta pesos al tacho, volumen V)

–          Última y no te molesto más. De chica yo quería ser escritora, pero cuando mi madre se enteró de esto me dijo que me iba a morir de hambre. Después pasaron los años y me anoté en farmacia y todos estuvieron muy contentos. ¿Se ve algún tipo de talento con el tema de la escritura en mi carta? ¿Podré dedicarme algún día a la escritura? 

–          No se ve nada de eso ni en la carta natal ni en la revolución solar. Ojo. Esto no quiere decir que no puedas escribir ni mucho menos, pero las probabilidades de que te dediques a la escritura son casi nulas. Yo creo que vos tenés que enfocarte en perseguir tu sol y saber cuál es tu misión en la vida.

–          Clarísimo. Me da paz saber que no tengo que hacer nada al respecto. Siempre me había quedado esa espina. Muchas gracias por todo ¿Cuánto te debo?

–          Serían quinientos veinte Malena.

(Me cago en mí, en Quique, y en la astrología)

–          Muchas gracias. ¿Me abrís abajo?

–          Bajá, bajá tranquila, sale gente todo el tiempo así que no creo que esperes mucho.

Bajé los trece pisos un poco llorando y otro poco puteando. Esperé en el hall 34 minutos de reloj hasta que la vieja loca que me había mostrado las piernas me abrió la puerta desde afuera. En el camino llamé a Quique para organizar la previa del boliche e incumplir uno de los ayuda-memoria de la puerta. Al fin de cuentas, me esforzara o no, había una altísima probabilidad de incumplimiento tarde o temprano; al menos hasta alcanzar mi adultez astrológica. 

Capítulo 2: Terapia del 8N

Hola me dice él con su hola característico: Cortito, suave, contundente. Tiene una camisa rosa Legacy y un pantalón de vestir beige de la misma marca. Los zapatos son marrones, unos Stork Man clásicos sin cordones. Yo entro, de la misma forma que entro desde hace ya nueve o diez años. Le digo hola, le doy un beso casi sin ruido, apoyando el cachete, casi sin beso. Tengo que dar un paso hacia él para que pueda cerrar la puerta; los dos nos retraemos. Él cierra la puerta, de la misma manera que cierra desde hace ya nueve o diez años. Me señala el camino con la mano, uno que conozco más que el que me lleva a casa, al trabajo, a la universidad. Doy unos cinco pasos en línea recta y doblo a la derecha; entro a una habitación en donde está su silla de terciopelo rojo estilo Luis XV de madera robusta y patinada, al lado del diván también de terciopelo rojo y roble. Frente a su silla, a unos dos pasos, está la mía haciendo juego con lo demás. La cortina black out Roller Show está cerrada como de costumbre. La luz es débil y está estratégicamente concentrada y dirigida hacia su silla, entre el diván y una mesita baja que sostiene un teléfono antiguo negro, que nunca escuché sonar.

–          ¿Cómo andás Malena?

–          Bien, acá andamos, esquivando el éxito. ¿Y usted? ¿Cómo lo trata el verano?

No lo tuteo. Nunca me dio permiso para hacerlo y yo nunca se lo pedí. Yo creo que cuando el otro no aclara “podés tutearme” es porque le gusta que lo traten de Usted, mantener la distancia, sobre todo la vertical. Igual a mí me resulta más cómodo no tutearlo; yo no tengo intenciones de hacerme la amiga ni mucho menos. Por ejemplo, no me interesa saber nada sobre él y aunque a veces me parezca absurdo estar contándole con qué fantasías me masturbo y preguntarle al final “¿Me entiende?”, decidí que nunca lo voy a tutear. Si le pregunto “¿Cómo anda?” es por pura cortesía, pero la verdad es que no me interesa en lo más mínimo. Además él casi ni me habla y cuando lo hace usa mis propias palabras. Así que ¿Qué le voy a andar preguntando?

Quique me dice que soy una bestia, que él sabe todo sobre su terapeuta y que a veces también le cuenta sus problemas. Yo le explico que el mío es freudiano, y él me dice que no tiene nada que ver. Entonces le digo que no es conductista pero me dice que tampoco tiene que ver. Para Quique, yo no sé nada de mi terapeuta porque soy una torta zorra y no por su orientación profesional. A mí me da igual, lacaniano, freudiano, conductista, gelstáltico. Yo le pago para que me escuche.

–          ¿Que cómo me trata el verano? Si todavía no es verano.

–          No, pero es como si lo fuera. Hace un calor terrible, parece que nos salteamos la primavera. ¿O no?

–          Es cierto.

–          Está complicada la cosa, cortes de luz, un calor infernal, un caos todo.

–          …..

Como no es mucho lo que dice, por no decir que casi no dice nada, se dedica a hacer caras. Las combinaciones posibles son: Cejas-frente, ojos-párpado-nariz y mejilla-boca-mandíbula. Así construyó desde hace ya nueve o diez años un sistema de interpretación psicológica con el que demuestra perplejidad, espanto o enojo. Entonces, cuando tiene las cejas bajas y contraídas al mismo tiempo, líneas verticales entre las cejas, y el párpado inferior tenso (levantado o no) está exasperado. Su espanto, en cambio, se caracteriza por: Cejas levantadas y contraídas, arrugas de la frente en el centro y párpado superior levantado (mostrando la esclerótica) con el párpado inferior en tensión y alzado que puede acompañarse o no de boca abierta. De igual forma, cuando algo lo desconcierta, sus cejas están levantadas y curvas, sus arrugas en la frente son horizontales y los párpados se mantienen abiertos; el blanco del ojo suele verse por encima del iris y la mandíbula cae abierta, de modo que sus labios y dientes quedan separados.

–          ¿Sabe qué? Finalmente, acepté la contra-propuesta del laboratorio. Creo que me va a dar tiempo para pensar bien qué quiero. Así que acepté quedarme en donde estoy; eso sí, tuve que soportar todo el circo y las condiciones…

–          ¿Las condiciones?

–          Sí. Me dan la oportunidad de ser jefa de área en un futuro cercano si acelero el tema pendiente de la tesis. Así que todos los días alrededor de las siete de la tarde me llaman de Gerencia y me preguntan qué novedades tengo, si ya la terminé, que cuándo la corrigen, que cuándo la defiendo, bla, bla, bla…

–          Mirá vos.

–          Sí. Y parece un chiste, pero ya van cuatro veces que la entrego con la misma falta de ortografía y me la rechazan. En lugar de escribir “conclusión” escribo “concluisión”. La primera vez que la entregué, la culona de mi tutora me lo marcó y tuve que tirar todas las encuadernaciones que había hecho. Me gasté una fortuna.

–          Y sí.

–          Pareciera que no lo puedo concluir. Y es increíble porque sin esta tesis no puedo concluir la carrera. No salgo del estado de estudiante ¿Me entiende?

–          Claro.

–          Hasta llegué a pensar que pasaba algo macabro entre la computadora y la impresora. Algo maléfico entre los dos aparatos.

(Risas)

–          De verdad, o tengo un problema en los ganglios basales, no sé. Ahora estoy pensando en dársela a alguien que ya haya concluido así me ayuda. Quique tampoco la terminó todavía, no pasa del renglón. Parece una pavada pero esto hace que nos recibamos o no. Un detalle, justo que venía pensando en los detalles…

–          ¿Venías pensando en los detalles?

–          Sí, porque el martes pasado, el día del apagón, estaba parada en la puerta de mi oficina mientras hablaba con la Directora Frígida de Recursos Humanos, ¿No? y me descubrí un agujerito en el pantalón. Chiquito, un detalle, pero eso me hizo pensar.

–          ¿Tener un agujero te hizo pensar?

–          El detalle me hizo pensar. A ver, porque yo me observo, ¿No? Y observo a las demás. Por ejemplo, yo observo a las mujeres de la oficina y también observo a las chicas del boliche.

–          ¿Y qué ves?

–          Veo que las chicas gays no reparan en detalles y que las mujeres heterosexuales sí. Por ejemplo, las gays no le dan importancia a la combinación de la ropa, a las marcas, al arreglo del pelo, las uñas, los agujeros de la ropa. ¿Me entiende? No prestan atención a los detalles.

–          ¿A las fallas querés decir?

–          Sí, eso. A las fallas. En la oficina, a la Directora Frígida de Recursos Humanos no le chinga el pantalón, ni tiene el pelo desarreglado, agujeros en la ropa, ni las uñas sin pintar.

–          ……

(Desconcierto)

–          Al menos, yo no los veo.

–          Ah. Al menos vos no los ves. Y las fallas hay que resolverlas, me imagino.

–          Claro. Por algo son fallas. Todo es perfectible. En el trabajo, si hay una falla hay que resolverla. Se puede ver como una oportunidad de mejora, también ¿Me entiende?

–          ……

(Perplejidad)

–          ¿O no? ¿O me equivoco?

–          Es una mirada un poco religiosa la tuya ¿No te parece?

–          Bueno, ¡Otra vez!…Evidentemente de la religión no me voy a escapar nunca yo. Con o sin su ayuda.

–          …..

(Exasperación)

–          Lo único religioso acá, es tu discurso Malena.

Él pronuncia mi nombre como lo pronuncia desde hace ya nueve o diez años: Completo, severo y decisivo. No sé cómo explicarlo bien pero cuando él me nombra es cuando identifico a mi nombre como propio. Todos me llaman Male, Mal, o Nita, excepto Quique que me llama de varias formas: Torta, Zorra, o por mi nombre completo: Puta Fría y Calculadora. Es decir, cada miércoles a la misma hora desde hace ya nueve o diez años yo me entero de que me llamo Malena.

–          Es que ¿Cómo puedo cambiar algo con lo que crecí? Yo iba todos los sábados a oratorianas hasta las siete de la tarde, que terminábamos- si te portabas bien-  siendo monaguillas. Los domingos teníamos el privilegio- por ser oratorianas-  de sentarnos en el altar a escuchar al Padre Blanc. Y para comulgar había que confesarse. Me la pasé confesándome y cumpliendo penitencias. El credo, el ave maría, el padre nuestro…

–          ¿Y qué confesabas?

–          Secreto de confesión.

(Risas)

–          De acuerdo.

(Risas)

–          Confesaba cosas como: Ayer traté mal a mi hermano, pegué un chicle en la cerradura del vecino, tengo pensamientos feos para con mis padres…

–          ¿Y qué hacían las oratorianas?

–          Las oratorianas hacíamos actividades recreativas y estábamos a merced de los exploradores. No había chicas exploradoras. Eso era una actividad de varones. Nosotras preparábamos el mate cocido a los exploradores, preparábamos la misa de las siete, esas cosas. Ellos eran los protagonistas, ellos hacían nudos, acampaban, tocaban la guitarra, hacían fogones. Nosotras, las oratorianas pelotudas, les preparábamos todo para que ellos se divirtieran. Entonces digo, para desmantelar todo esto, abandonar esta mirada, debería soltarme de la infancia, de los recuerdos. Que es lo único que tengo… Es como si por ejemplo andar en bicicleta fuera lo que me perturbase y quisiera desaprender haber aprendido a andar en bicicleta. Uno no puede des-aprender esas cosas ¿Me entiende?

–          No, claro. Uno puede des- aprehender esas cosas.

Además de hacer caras, y hablar poco, él reutiliza las palabras que yo digo, juega, les cambia una letra, las desarma, las reordena, y me cobra. Me da un poco de bronca no poder hacer esto por mi cuenta y abandonarlo de una vez. Nueve o diez años es mucho tiempo. Quique dice que si para dejarlo estoy esperando que él me dé el alta me olvide, que nunca me lo va a dar porque la terapia que yo hago es psicoanálisis, es decir soy una persona en análisis y eso es para toda la vida o todo el tiempo que yo quiera analizarme. Yo por lo pronto sigo yendo porque creo que este cara de teta, con voz de consciencia y solemne, me está ayudando a convertirme en mujer.

–          ¿Cómo dice?

–          Digo que aprender no es lo mismo que aprehender.

–          Ah, no, no, no es lo mismo. Cierto. Pero volviendo a lo perfectible, el único perfecto es Dios. Nosotros nacimos imperfectos porque nacimos con pecado.

–          ……

(Espanto)

–          Por eso nos bautizan.

–          ¿Y el pecado es una falla?

–          Sí, claro.

–          No, de claro no tiene nada.

(Risas)

–          Qué raro, siempre lo mismo. Yo nunca tengo nada en claro.

(Risas)

–          El problema es cuando la falla es la sexualidad.

–          ¿A qué se refiere con que la falla es la sexualidad?

–          A que lo que se intenta corregir es la sexualidad, como si fuera una falla.

–          …….

Como desde hace nueve o diez años, cuando la que se queda sin palabras soy yo, Malena, la que no sabe hacer caras para los silencios ni concluir por sí sola, es cuando se termina la sesión. Hay frases que me superan completamente. Como si no pudiera alcanzarlas. Me pasan por encima, apenas puedo rozarlas; las acaricio como a las luces verde láser del boliche cuando estoy borracha.

–          Dejamos por hoy Malena, te veo el miércoles.

–          …….

Él se levanta de su silla y abre la puerta de la misma manera que abre hace ya nueve o diez años, con el brazo extendido y su mano en el picaporte. El resto de su cuerpo queda inmóvil al lado de su silla de terciopelo rojo estilo Luis XV de madera robusta y patinada. La luz queda encendida, y el teléfono tiene ese aire de doblemente quieto que tienen las cosas cuando son móviles. Yo atravieso la puerta de la misma forma que la atravieso hace nueve o diez años. Camino cinco pasos hacia la izquierda y llego a la puerta. Dejo que él la abra, y para eso, camino unos pasos más hacia el lado opuesto. De otra manera, no podría abrirla por el poco espacio que hay entre la puerta y la pared. Recién entonces le pago. Chau, me dice él con su chau característico: Cortito, suave, contundente. Tiene la camisa rosa Legacy un poco desplanchada y el pantalón de vestir beige de la misma marca ajado. Los zapatos marrones Man Stork clásicos sin cordones están intactos. Le digo chau, le doy un beso casi sin ruido, apoyando el cachete, casi sin beso y voy a casa, al trabajo, o a la universidad.

CAPÍTULO 1: “LA NOCHE DE UN PERDEDOR”

La cola daba vuelta a la manzana, era una noche fría de Mayo. Aún así, habíamos decidido no llevar camperas para evitar la hora y media de fila en el guardarropas. Ya estábamos arrepintiéndonos: Él de no llevar abrigo y yo de haber ido.

La panorámica mostraba lo de siempre: El chupín con el cinto caído, la remera ajustada de colores flúor, el pelo fijado con gel en la frente y el chupetín multicolor en la boca. Así las maricas. Luego, unos metros más acá o más allá, vestidos cortos, negros, algo de encaje, por consecuencia tacos altos y medias de nylon (las hay también de red), que lucen las piernas jóvenes y esbeltas: Hola pasivas. Un poco más allá, remeras escote en “V”, campera de cuero con cierre, canchera, barba crecida de dos o tres días, viriles, decididos, infaltables: Los osos, aunque siempre sean los menos. ¿Y en dónde están mis amigas? Allá están, sí, en la esquina, amontonadas y tomando cerveza del pico: Chaquetas de Jean, aros en la boca y en las cejas, tatuajes en tribal, anillos en el pulgar, y zapatillas enormes: Adiós activas, nos vemos adentro.

Los estudiantes de farmacia podíamos vestirnos como cualquiera de ellos: Jeans, polleras, camisas, remeras, botas, zapatillas, pelo recogido o no, aros o no, camperas o no. Eso sí, no hay tatuajes ni aritos en lugares que no sean las orejas. Somos clásicos, convencionales.

El reconocimiento de espacio necesario al ingreso me dio a entender que sería una noche fabulosa; la música se escuchaba bien, el cartón se terminaba de disolver y la oferta parecía interminable. El primer trago estaba por ser un Fernet sino fuera porque Quique gritó entre la gente: “¡Champaña en dos vasos!”. El barman, que ya me conoce me miró y aclaró: “Novecento, ¿Está bien?”, y cuando estuve por contestar Quique interrumpió: “No seas pelotuda por favor”. Es que además de estudiante de farmacia y pelotuda, soy fanática de las marcas. No es que fuera a hacer algo con esa información, no lo hubiese rechazado, lo juro, sólo pretendía saber la bodega que me destrozaría el hígado esa noche.

Quique hacía dos años que se había asumido, uno que no paraba de acostarse con cuanta marica pudiera y dos días que se había mudado. Esto último estábamos festejando. – La mudanza es la experiencia más traumática después de la muerte. – Es una excusa, no me jodas. Pero dale, te acompaño. Y así fue que cambié pantuflas y “Sincrodestino” de Chopra, por “La Puerca” de Colegiales.

Durante las primeras dos vueltas a la galería que rodeaba la pista y albergaba a las barras, Quique se dedicó a saludar a sus amantes. Tenía la expresión en la cara del cazador orgulloso contando sus presas frías. Volvía la cabeza hacia mí, torcía un poco la boca y me daba un breve background de cada uno.

– ¿Cómo te volviste tan puto en tan poco tiempo? Se lo pregunto siempre y no me contesta porque cree que es una pregunta retórica, pero realmente me intriga saberlo. -Permiso, gracias.

De a poco mis botas Sarkany se adaptaban a ese suelo, las ropas se ajustaban al cuerpo y el pelo encontraba un lugar en el espacio aéreo, ése en el que flotaba la cumbia, el agua salpicada desde el escenario, atravesada por rayos verdes que recordaban las reglas de no-smoking dirigidos por los patovicas –altos y morrudos- del boliche.

El grupo que sería el definitivo, el permanente, la base de resguardo, estaba compuesto por dos chicas y dos chicos. “Las chicas no son gays, son amigas de Mario. A este me lo apreté en Amerika pero se puso gordo y lo dejé”. Asentí con la cabeza hasta lo que pude escuchar y cuatro cumbias más tarde las chicas eran pareja y Mario había adelgazado.

Una canción hot, una canción en la que hay que menear. Estaba por mi segundo Novecento y rodeada de hombres: Un paqui, dos bi y un looser. También había una chica que bailaba muy cerca, morocha, de perfil delicado, con un estilo más farmacéutico que pasivo o activo; una que hubiera sido una perfecta novia de no ser por la terrible cortada de rostro a una ínfima, sutil, imperceptible invitación a bailar.

Looser me llamó la atención desde el principio. Tenía zapatos de cuero en punta, pantalón de vestir Old Bridge y una camisa a rayas Bensimon demasiado ajustada para su cuerpo (o demasiado cuerpo para su camisa). Su cara era alargada sin ser escuálida y sus labios carnosos canturreaban las canciones sin acertar más de tres estrofas seguidas.

Lo que coronaba su condición – la de gay no la de looser- era el movimiento de sus manos, exacerbado de a ratos, y sobre todo cuando un oso aparecía. Looser tenía ojos marrón claro, y si hay algo que reconocer es que tenía un pelo al hombro increíblemente hermoso: Sedoso y brillante. Carré.

Algunas veces Sebastián Looser se volvía hacia mí para preguntarme si él era feo. – Demasiado lindo para este lugar, corazón, le devolvía con su autoestima que se derramaba por las puntas de los dedos en cada manotazo a potencial amante.

En otra situación, en otros tiempos, le hubiera preguntado su edad, su profesión, y sus inicios en el arte sexual, pero hacía rato que había asumido que todas esas charlas eran en vano. Al día siguiente chispearían como vagos recuerdos que intentaría olvidar en la ducha entre dormida y borracha. Luego, procuraría despegar los últimos vestigios para que el lunes, entre trabajo y facultad, terminaran de esfumarse por completo.

No sabía ningún detalle de Looser por lo que di rienda suelta a mi avanzado perfil presuntivo: Peluquero de oficio sin título; algo (no mucho) de talento. Había tenido su primera experiencia con un tío pervertido, y su primer amor había sido el
almacenero- mucho mayor que él- de la vuelta de la casa de sus papás, en la que aún vive con su mamá y su abuela. Huérfano de padre, obvio.

Nadie se acercaba a Looser, nadie se acercaba a mí, por consecuencia. Hubo un momento en el que bailamos muy íntimamente al ritmo de una canción provocativa de… Varias opciones: Excitación, ternura, gracia u horror. Demás está aclarar lo que ambos generábamos finalmente. Sea como sea, nadie nos sacaba a bailar. Estaba siendo la peor salida de la historia.

Se me venían imágenes de aquella noche en la que dos chicas me habían propuesto un trío, a la vez que rechazaba a la morocha más candente de Bach, para terminar besándome con la colorada cuerpoincreíble que estaba profundamente enamorada de mí. Y allí estaba, un salvaje contraste (dos o tres años más tarde) al acecho contra nadie, a la espera de menos que nadie. Pegada a Looser.

De vez en cuando Quique, de vez en cuando las chicas. La base, la guarida, para protegernos de la intemperie de las miradas sin objetivo. Alimentarse, sentir afecto (Quique me quería mucho y yo a él, hay que decirlo), y volver al ruedo. A rodar sobre el eje que era Sebastián. Un derroche de anti-glamour en un cuerpo que no se enteró de sus botones, de su pelo demodé, de la anti-estrella en playback de canciones que menos sabe. Duro. Y así me ubiqué encaje y encastre en él, que no fue más que mi espejo durante toda la noche. Me había dado cuenta. Las calzas me estaban cortando la respiración a la vez que sus botones estaban a punto de estallar. Mis manos buscaban desesperadamente alguna espalda que amarrar, mientras él rasguñaba los torsos peludos de cualquier oso que se cruzara en el camino. Una diferencia sustancial me calmó por un instante: Si no sé la letra, ni siquiera lo intento.

“Con vos juego esta noche, juego a la bomba loca”….Un chico, no gran cosa pasó sus manos por la cintura de Sebastián. Me sentí frustrada. El reflejo había sido injusto, nadie estaba acariciando la mía. Looser se dio vuelta y lo besó apasionadamente. Parecía estar esperando al fulano hacía días. ¿Qué días? ¡Años! El beso más enamorado del boliche, de los boliches. De Belgrano, Palermo y alrededores.

El sin nombre dejó de besarlo, lo meneó un poco más y se despegó unos pasos. Revoleaba la cabeza para un lado y para el otro, concentrado en el ritmo sin dejar de bailar. Sebastián lo miraba y se arreglaba el pelo; aquel sedoso, brillante y carré. Lo creía su arma de conquista y ahora lo relucía exageradamente. En el revoleo de ojos el sin nombre encontró a sus amigos y lentamente, sin dejar de bailar y mover la cabeza asintiendo la lírica, se fue acercando a ellos. Se fue alejando de Sebastián. Looser no se inquietó; encontró rápido mis ojos, mi pollera corta Zara, mi saco gris Oshira, mi calza negra Sweet, mis Sarkany, y se pegó a mi cuerpo para seguir meneando. Aquí no ha pasao nada.

Sólo quedaban dos Cool de un atado de veinte, y para entonces había dejado que la cara de pollito mojado y lástima abriera paso entre la gente. Esa que detesto en las chicas que no levantan, que no expresan más que carencia, insuficiencia, falla. Esa que ahora era la mía, ni más ni menos. Esperando tal vez un “¿Por qué esa carita?” de alguna que fuera distinta. Distinta a Sebastián, distinta a mí. El rechazo de la única morocha que hubiera presentado a mis padres, a mi ex y a mis colegas, me había ubicado en el arpón de los recuerdos, al lado de Sebastián y cerca de todas las posibilidades remotas de no pasar esa noche sola.

Las bocas vacías pedían a gritos una ocupación, más que los chicles Beldent y un osado mentolado Cool que había logrado escapar al puntero láser verde correctivo. Un calor, que sólo se emana de otro ser humano, en lo posible sin barba, si no es mucho pedir.

Y otra vez la ventianiera, de pollera corta Muaa con remera rayada Complot, me rodeaba y me miraba. -Ya te dije que la matinee terminó hace tres horas, corazón. Y es cierto, mi comentario fue desubicado como el lugar en donde quedé después de que la infante arrastrara a su amiga vamos al baño sin siquiera registrarme.

Me dolían los pies, se habían hecho parte de la funda en punta de mis botas. Me apoyé en una columna alta con el último Novecento, juro el último. En ese mismo momento la morocha pasó delante de mí, y tomando coraje del mismo vaso que tomaba el champagne, la agarré por la cintura; no terminé de decir “hola” que una mano ávida y activa para la defensa, la apartó hacia un costado para decirme -en la cara, primer plano- todo tipo de insultos y amenazas que terminaban todas con la pregunta: “¿O querés que te rompa la cara?”

Unos sorbos más tarde, todavía confundida y apoyada en la misma columna, vi a Quique en una ronda con desconocidos. Looser también estaba allí, enfrente de Quique pero con una distancia más que prudente. En cierto momento, Quique levantó la cabeza y lanzó una mirada rapaz en línea recta. Se incorporó y enfiló enfático sobre su línea, con una leve sonrisa y aire triunfal, festejando el futuro encuentro. Looser hizo lo mismo mirándolo fijo aunque su expresión más bien era dramáticamente dulce. Pero hablando de cosas dramáticas, Quique estaba unos cinco centímetros corrido hacia la izquierda con respecto a Looser, con lo que su motivante andar de macho resuelto se dirigía de lleno a un petiso musculoso y regordete ubicado justo detrás de Sebastián Looser.

Ésta fue la gota que rebalsó el vaso, la bacteria que desarrolló la plaqueta. Pensé que Looser caería al fin de rodillas al piso junto a mí, en donde lo esperaba. Desgarrado él, desgarrada yo.

Para mi sorpresa, Sebastián no se rindió. Esquivó casi elegantemente el desencuentro, siguió bailando, acomodando su pelo brillante, sedoso, y carré, y desafectado como en el primer fallido encontró la luz – también verde- pero de salida.

Lo vi irse, lo vi desde el piso. Vi su expresión en la cara. La expresión de otra noche de soledad y espanto. “Otra noche perdida” diría para sí, sin dejar de acariciarse el pelo.

ADVERTENCIA

Los capítulos presentados a continuación tienen por objeto existir y fluir entre seres bióticos del extenso mundo cibernético, poseedores de un gran sentido de la comedia y aguda ironía. De ninguna manera prentenden dejar una enseñanza o moraleja pero en el caso de que ésto suceda, deséchela. Es muy probable que sea corrosiva y superficial.