CAPÍTULO 1: “LA NOCHE DE UN PERDEDOR”

La cola daba vuelta a la manzana, era una noche fría de Mayo. Aún así, habíamos decidido no llevar camperas para evitar la hora y media de fila en el guardarropas. Ya estábamos arrepintiéndonos: Él de no llevar abrigo y yo de haber ido.

La panorámica mostraba lo de siempre: El chupín con el cinto caído, la remera ajustada de colores flúor, el pelo fijado con gel en la frente y el chupetín multicolor en la boca. Así las maricas. Luego, unos metros más acá o más allá, vestidos cortos, negros, algo de encaje, por consecuencia tacos altos y medias de nylon (las hay también de red), que lucen las piernas jóvenes y esbeltas: Hola pasivas. Un poco más allá, remeras escote en “V”, campera de cuero con cierre, canchera, barba crecida de dos o tres días, viriles, decididos, infaltables: Los osos, aunque siempre sean los menos. ¿Y en dónde están mis amigas? Allá están, sí, en la esquina, amontonadas y tomando cerveza del pico: Chaquetas de Jean, aros en la boca y en las cejas, tatuajes en tribal, anillos en el pulgar, y zapatillas enormes: Adiós activas, nos vemos adentro.

Los estudiantes de farmacia podíamos vestirnos como cualquiera de ellos: Jeans, polleras, camisas, remeras, botas, zapatillas, pelo recogido o no, aros o no, camperas o no. Eso sí, no hay tatuajes ni aritos en lugares que no sean las orejas. Somos clásicos, convencionales.

El reconocimiento de espacio necesario al ingreso me dio a entender que sería una noche fabulosa; la música se escuchaba bien, el cartón se terminaba de disolver y la oferta parecía interminable. El primer trago estaba por ser un Fernet sino fuera porque Quique gritó entre la gente: “¡Champaña en dos vasos!”. El barman, que ya me conoce me miró y aclaró: “Novecento, ¿Está bien?”, y cuando estuve por contestar Quique interrumpió: “No seas pelotuda por favor”. Es que además de estudiante de farmacia y pelotuda, soy fanática de las marcas. No es que fuera a hacer algo con esa información, no lo hubiese rechazado, lo juro, sólo pretendía saber la bodega que me destrozaría el hígado esa noche.

Quique hacía dos años que se había asumido, uno que no paraba de acostarse con cuanta marica pudiera y dos días que se había mudado. Esto último estábamos festejando. – La mudanza es la experiencia más traumática después de la muerte. – Es una excusa, no me jodas. Pero dale, te acompaño. Y así fue que cambié pantuflas y “Sincrodestino” de Chopra, por “La Puerca” de Colegiales.

Durante las primeras dos vueltas a la galería que rodeaba la pista y albergaba a las barras, Quique se dedicó a saludar a sus amantes. Tenía la expresión en la cara del cazador orgulloso contando sus presas frías. Volvía la cabeza hacia mí, torcía un poco la boca y me daba un breve background de cada uno.

– ¿Cómo te volviste tan puto en tan poco tiempo? Se lo pregunto siempre y no me contesta porque cree que es una pregunta retórica, pero realmente me intriga saberlo. -Permiso, gracias.

De a poco mis botas Sarkany se adaptaban a ese suelo, las ropas se ajustaban al cuerpo y el pelo encontraba un lugar en el espacio aéreo, ése en el que flotaba la cumbia, el agua salpicada desde el escenario, atravesada por rayos verdes que recordaban las reglas de no-smoking dirigidos por los patovicas –altos y morrudos- del boliche.

El grupo que sería el definitivo, el permanente, la base de resguardo, estaba compuesto por dos chicas y dos chicos. “Las chicas no son gays, son amigas de Mario. A este me lo apreté en Amerika pero se puso gordo y lo dejé”. Asentí con la cabeza hasta lo que pude escuchar y cuatro cumbias más tarde las chicas eran pareja y Mario había adelgazado.

Una canción hot, una canción en la que hay que menear. Estaba por mi segundo Novecento y rodeada de hombres: Un paqui, dos bi y un looser. También había una chica que bailaba muy cerca, morocha, de perfil delicado, con un estilo más farmacéutico que pasivo o activo; una que hubiera sido una perfecta novia de no ser por la terrible cortada de rostro a una ínfima, sutil, imperceptible invitación a bailar.

Looser me llamó la atención desde el principio. Tenía zapatos de cuero en punta, pantalón de vestir Old Bridge y una camisa a rayas Bensimon demasiado ajustada para su cuerpo (o demasiado cuerpo para su camisa). Su cara era alargada sin ser escuálida y sus labios carnosos canturreaban las canciones sin acertar más de tres estrofas seguidas.

Lo que coronaba su condición – la de gay no la de looser- era el movimiento de sus manos, exacerbado de a ratos, y sobre todo cuando un oso aparecía. Looser tenía ojos marrón claro, y si hay algo que reconocer es que tenía un pelo al hombro increíblemente hermoso: Sedoso y brillante. Carré.

Algunas veces Sebastián Looser se volvía hacia mí para preguntarme si él era feo. – Demasiado lindo para este lugar, corazón, le devolvía con su autoestima que se derramaba por las puntas de los dedos en cada manotazo a potencial amante.

En otra situación, en otros tiempos, le hubiera preguntado su edad, su profesión, y sus inicios en el arte sexual, pero hacía rato que había asumido que todas esas charlas eran en vano. Al día siguiente chispearían como vagos recuerdos que intentaría olvidar en la ducha entre dormida y borracha. Luego, procuraría despegar los últimos vestigios para que el lunes, entre trabajo y facultad, terminaran de esfumarse por completo.

No sabía ningún detalle de Looser por lo que di rienda suelta a mi avanzado perfil presuntivo: Peluquero de oficio sin título; algo (no mucho) de talento. Había tenido su primera experiencia con un tío pervertido, y su primer amor había sido el
almacenero- mucho mayor que él- de la vuelta de la casa de sus papás, en la que aún vive con su mamá y su abuela. Huérfano de padre, obvio.

Nadie se acercaba a Looser, nadie se acercaba a mí, por consecuencia. Hubo un momento en el que bailamos muy íntimamente al ritmo de una canción provocativa de… Varias opciones: Excitación, ternura, gracia u horror. Demás está aclarar lo que ambos generábamos finalmente. Sea como sea, nadie nos sacaba a bailar. Estaba siendo la peor salida de la historia.

Se me venían imágenes de aquella noche en la que dos chicas me habían propuesto un trío, a la vez que rechazaba a la morocha más candente de Bach, para terminar besándome con la colorada cuerpoincreíble que estaba profundamente enamorada de mí. Y allí estaba, un salvaje contraste (dos o tres años más tarde) al acecho contra nadie, a la espera de menos que nadie. Pegada a Looser.

De vez en cuando Quique, de vez en cuando las chicas. La base, la guarida, para protegernos de la intemperie de las miradas sin objetivo. Alimentarse, sentir afecto (Quique me quería mucho y yo a él, hay que decirlo), y volver al ruedo. A rodar sobre el eje que era Sebastián. Un derroche de anti-glamour en un cuerpo que no se enteró de sus botones, de su pelo demodé, de la anti-estrella en playback de canciones que menos sabe. Duro. Y así me ubiqué encaje y encastre en él, que no fue más que mi espejo durante toda la noche. Me había dado cuenta. Las calzas me estaban cortando la respiración a la vez que sus botones estaban a punto de estallar. Mis manos buscaban desesperadamente alguna espalda que amarrar, mientras él rasguñaba los torsos peludos de cualquier oso que se cruzara en el camino. Una diferencia sustancial me calmó por un instante: Si no sé la letra, ni siquiera lo intento.

“Con vos juego esta noche, juego a la bomba loca”….Un chico, no gran cosa pasó sus manos por la cintura de Sebastián. Me sentí frustrada. El reflejo había sido injusto, nadie estaba acariciando la mía. Looser se dio vuelta y lo besó apasionadamente. Parecía estar esperando al fulano hacía días. ¿Qué días? ¡Años! El beso más enamorado del boliche, de los boliches. De Belgrano, Palermo y alrededores.

El sin nombre dejó de besarlo, lo meneó un poco más y se despegó unos pasos. Revoleaba la cabeza para un lado y para el otro, concentrado en el ritmo sin dejar de bailar. Sebastián lo miraba y se arreglaba el pelo; aquel sedoso, brillante y carré. Lo creía su arma de conquista y ahora lo relucía exageradamente. En el revoleo de ojos el sin nombre encontró a sus amigos y lentamente, sin dejar de bailar y mover la cabeza asintiendo la lírica, se fue acercando a ellos. Se fue alejando de Sebastián. Looser no se inquietó; encontró rápido mis ojos, mi pollera corta Zara, mi saco gris Oshira, mi calza negra Sweet, mis Sarkany, y se pegó a mi cuerpo para seguir meneando. Aquí no ha pasao nada.

Sólo quedaban dos Cool de un atado de veinte, y para entonces había dejado que la cara de pollito mojado y lástima abriera paso entre la gente. Esa que detesto en las chicas que no levantan, que no expresan más que carencia, insuficiencia, falla. Esa que ahora era la mía, ni más ni menos. Esperando tal vez un “¿Por qué esa carita?” de alguna que fuera distinta. Distinta a Sebastián, distinta a mí. El rechazo de la única morocha que hubiera presentado a mis padres, a mi ex y a mis colegas, me había ubicado en el arpón de los recuerdos, al lado de Sebastián y cerca de todas las posibilidades remotas de no pasar esa noche sola.

Las bocas vacías pedían a gritos una ocupación, más que los chicles Beldent y un osado mentolado Cool que había logrado escapar al puntero láser verde correctivo. Un calor, que sólo se emana de otro ser humano, en lo posible sin barba, si no es mucho pedir.

Y otra vez la ventianiera, de pollera corta Muaa con remera rayada Complot, me rodeaba y me miraba. -Ya te dije que la matinee terminó hace tres horas, corazón. Y es cierto, mi comentario fue desubicado como el lugar en donde quedé después de que la infante arrastrara a su amiga vamos al baño sin siquiera registrarme.

Me dolían los pies, se habían hecho parte de la funda en punta de mis botas. Me apoyé en una columna alta con el último Novecento, juro el último. En ese mismo momento la morocha pasó delante de mí, y tomando coraje del mismo vaso que tomaba el champagne, la agarré por la cintura; no terminé de decir “hola” que una mano ávida y activa para la defensa, la apartó hacia un costado para decirme -en la cara, primer plano- todo tipo de insultos y amenazas que terminaban todas con la pregunta: “¿O querés que te rompa la cara?”

Unos sorbos más tarde, todavía confundida y apoyada en la misma columna, vi a Quique en una ronda con desconocidos. Looser también estaba allí, enfrente de Quique pero con una distancia más que prudente. En cierto momento, Quique levantó la cabeza y lanzó una mirada rapaz en línea recta. Se incorporó y enfiló enfático sobre su línea, con una leve sonrisa y aire triunfal, festejando el futuro encuentro. Looser hizo lo mismo mirándolo fijo aunque su expresión más bien era dramáticamente dulce. Pero hablando de cosas dramáticas, Quique estaba unos cinco centímetros corrido hacia la izquierda con respecto a Looser, con lo que su motivante andar de macho resuelto se dirigía de lleno a un petiso musculoso y regordete ubicado justo detrás de Sebastián Looser.

Ésta fue la gota que rebalsó el vaso, la bacteria que desarrolló la plaqueta. Pensé que Looser caería al fin de rodillas al piso junto a mí, en donde lo esperaba. Desgarrado él, desgarrada yo.

Para mi sorpresa, Sebastián no se rindió. Esquivó casi elegantemente el desencuentro, siguió bailando, acomodando su pelo brillante, sedoso, y carré, y desafectado como en el primer fallido encontró la luz – también verde- pero de salida.

Lo vi irse, lo vi desde el piso. Vi su expresión en la cara. La expresión de otra noche de soledad y espanto. “Otra noche perdida” diría para sí, sin dejar de acariciarse el pelo.

Anuncios

Un pensamiento en “CAPÍTULO 1: “LA NOCHE DE UN PERDEDOR”

  1. Pingback: Es tan aliviador saber que se puede recomenzar…. https://diariodeunperdedordotcom.wordpress.com/2013/11/19/capitulo-1-la-noche-de-un-perdedor/ | diariodeunperdedordotcom

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s