Capítulo 2: Terapia del 8N

Hola me dice él con su hola característico: Cortito, suave, contundente. Tiene una camisa rosa Legacy y un pantalón de vestir beige de la misma marca. Los zapatos son marrones, unos Stork Man clásicos sin cordones. Yo entro, de la misma forma que entro desde hace ya nueve o diez años. Le digo hola, le doy un beso casi sin ruido, apoyando el cachete, casi sin beso. Tengo que dar un paso hacia él para que pueda cerrar la puerta; los dos nos retraemos. Él cierra la puerta, de la misma manera que cierra desde hace ya nueve o diez años. Me señala el camino con la mano, uno que conozco más que el que me lleva a casa, al trabajo, a la universidad. Doy unos cinco pasos en línea recta y doblo a la derecha; entro a una habitación en donde está su silla de terciopelo rojo estilo Luis XV de madera robusta y patinada, al lado del diván también de terciopelo rojo y roble. Frente a su silla, a unos dos pasos, está la mía haciendo juego con lo demás. La cortina black out Roller Show está cerrada como de costumbre. La luz es débil y está estratégicamente concentrada y dirigida hacia su silla, entre el diván y una mesita baja que sostiene un teléfono antiguo negro, que nunca escuché sonar.

–          ¿Cómo andás Malena?

–          Bien, acá andamos, esquivando el éxito. ¿Y usted? ¿Cómo lo trata el verano?

No lo tuteo. Nunca me dio permiso para hacerlo y yo nunca se lo pedí. Yo creo que cuando el otro no aclara “podés tutearme” es porque le gusta que lo traten de Usted, mantener la distancia, sobre todo la vertical. Igual a mí me resulta más cómodo no tutearlo; yo no tengo intenciones de hacerme la amiga ni mucho menos. Por ejemplo, no me interesa saber nada sobre él y aunque a veces me parezca absurdo estar contándole con qué fantasías me masturbo y preguntarle al final “¿Me entiende?”, decidí que nunca lo voy a tutear. Si le pregunto “¿Cómo anda?” es por pura cortesía, pero la verdad es que no me interesa en lo más mínimo. Además él casi ni me habla y cuando lo hace usa mis propias palabras. Así que ¿Qué le voy a andar preguntando?

Quique me dice que soy una bestia, que él sabe todo sobre su terapeuta y que a veces también le cuenta sus problemas. Yo le explico que el mío es freudiano, y él me dice que no tiene nada que ver. Entonces le digo que no es conductista pero me dice que tampoco tiene que ver. Para Quique, yo no sé nada de mi terapeuta porque soy una torta zorra y no por su orientación profesional. A mí me da igual, lacaniano, freudiano, conductista, gelstáltico. Yo le pago para que me escuche.

–          ¿Que cómo me trata el verano? Si todavía no es verano.

–          No, pero es como si lo fuera. Hace un calor terrible, parece que nos salteamos la primavera. ¿O no?

–          Es cierto.

–          Está complicada la cosa, cortes de luz, un calor infernal, un caos todo.

–          …..

Como no es mucho lo que dice, por no decir que casi no dice nada, se dedica a hacer caras. Las combinaciones posibles son: Cejas-frente, ojos-párpado-nariz y mejilla-boca-mandíbula. Así construyó desde hace ya nueve o diez años un sistema de interpretación psicológica con el que demuestra perplejidad, espanto o enojo. Entonces, cuando tiene las cejas bajas y contraídas al mismo tiempo, líneas verticales entre las cejas, y el párpado inferior tenso (levantado o no) está exasperado. Su espanto, en cambio, se caracteriza por: Cejas levantadas y contraídas, arrugas de la frente en el centro y párpado superior levantado (mostrando la esclerótica) con el párpado inferior en tensión y alzado que puede acompañarse o no de boca abierta. De igual forma, cuando algo lo desconcierta, sus cejas están levantadas y curvas, sus arrugas en la frente son horizontales y los párpados se mantienen abiertos; el blanco del ojo suele verse por encima del iris y la mandíbula cae abierta, de modo que sus labios y dientes quedan separados.

–          ¿Sabe qué? Finalmente, acepté la contra-propuesta del laboratorio. Creo que me va a dar tiempo para pensar bien qué quiero. Así que acepté quedarme en donde estoy; eso sí, tuve que soportar todo el circo y las condiciones…

–          ¿Las condiciones?

–          Sí. Me dan la oportunidad de ser jefa de área en un futuro cercano si acelero el tema pendiente de la tesis. Así que todos los días alrededor de las siete de la tarde me llaman de Gerencia y me preguntan qué novedades tengo, si ya la terminé, que cuándo la corrigen, que cuándo la defiendo, bla, bla, bla…

–          Mirá vos.

–          Sí. Y parece un chiste, pero ya van cuatro veces que la entrego con la misma falta de ortografía y me la rechazan. En lugar de escribir “conclusión” escribo “concluisión”. La primera vez que la entregué, la culona de mi tutora me lo marcó y tuve que tirar todas las encuadernaciones que había hecho. Me gasté una fortuna.

–          Y sí.

–          Pareciera que no lo puedo concluir. Y es increíble porque sin esta tesis no puedo concluir la carrera. No salgo del estado de estudiante ¿Me entiende?

–          Claro.

–          Hasta llegué a pensar que pasaba algo macabro entre la computadora y la impresora. Algo maléfico entre los dos aparatos.

(Risas)

–          De verdad, o tengo un problema en los ganglios basales, no sé. Ahora estoy pensando en dársela a alguien que ya haya concluido así me ayuda. Quique tampoco la terminó todavía, no pasa del renglón. Parece una pavada pero esto hace que nos recibamos o no. Un detalle, justo que venía pensando en los detalles…

–          ¿Venías pensando en los detalles?

–          Sí, porque el martes pasado, el día del apagón, estaba parada en la puerta de mi oficina mientras hablaba con la Directora Frígida de Recursos Humanos, ¿No? y me descubrí un agujerito en el pantalón. Chiquito, un detalle, pero eso me hizo pensar.

–          ¿Tener un agujero te hizo pensar?

–          El detalle me hizo pensar. A ver, porque yo me observo, ¿No? Y observo a las demás. Por ejemplo, yo observo a las mujeres de la oficina y también observo a las chicas del boliche.

–          ¿Y qué ves?

–          Veo que las chicas gays no reparan en detalles y que las mujeres heterosexuales sí. Por ejemplo, las gays no le dan importancia a la combinación de la ropa, a las marcas, al arreglo del pelo, las uñas, los agujeros de la ropa. ¿Me entiende? No prestan atención a los detalles.

–          ¿A las fallas querés decir?

–          Sí, eso. A las fallas. En la oficina, a la Directora Frígida de Recursos Humanos no le chinga el pantalón, ni tiene el pelo desarreglado, agujeros en la ropa, ni las uñas sin pintar.

–          ……

(Desconcierto)

–          Al menos, yo no los veo.

–          Ah. Al menos vos no los ves. Y las fallas hay que resolverlas, me imagino.

–          Claro. Por algo son fallas. Todo es perfectible. En el trabajo, si hay una falla hay que resolverla. Se puede ver como una oportunidad de mejora, también ¿Me entiende?

–          ……

(Perplejidad)

–          ¿O no? ¿O me equivoco?

–          Es una mirada un poco religiosa la tuya ¿No te parece?

–          Bueno, ¡Otra vez!…Evidentemente de la religión no me voy a escapar nunca yo. Con o sin su ayuda.

–          …..

(Exasperación)

–          Lo único religioso acá, es tu discurso Malena.

Él pronuncia mi nombre como lo pronuncia desde hace ya nueve o diez años: Completo, severo y decisivo. No sé cómo explicarlo bien pero cuando él me nombra es cuando identifico a mi nombre como propio. Todos me llaman Male, Mal, o Nita, excepto Quique que me llama de varias formas: Torta, Zorra, o por mi nombre completo: Puta Fría y Calculadora. Es decir, cada miércoles a la misma hora desde hace ya nueve o diez años yo me entero de que me llamo Malena.

–          Es que ¿Cómo puedo cambiar algo con lo que crecí? Yo iba todos los sábados a oratorianas hasta las siete de la tarde, que terminábamos- si te portabas bien-  siendo monaguillas. Los domingos teníamos el privilegio- por ser oratorianas-  de sentarnos en el altar a escuchar al Padre Blanc. Y para comulgar había que confesarse. Me la pasé confesándome y cumpliendo penitencias. El credo, el ave maría, el padre nuestro…

–          ¿Y qué confesabas?

–          Secreto de confesión.

(Risas)

–          De acuerdo.

(Risas)

–          Confesaba cosas como: Ayer traté mal a mi hermano, pegué un chicle en la cerradura del vecino, tengo pensamientos feos para con mis padres…

–          ¿Y qué hacían las oratorianas?

–          Las oratorianas hacíamos actividades recreativas y estábamos a merced de los exploradores. No había chicas exploradoras. Eso era una actividad de varones. Nosotras preparábamos el mate cocido a los exploradores, preparábamos la misa de las siete, esas cosas. Ellos eran los protagonistas, ellos hacían nudos, acampaban, tocaban la guitarra, hacían fogones. Nosotras, las oratorianas pelotudas, les preparábamos todo para que ellos se divirtieran. Entonces digo, para desmantelar todo esto, abandonar esta mirada, debería soltarme de la infancia, de los recuerdos. Que es lo único que tengo… Es como si por ejemplo andar en bicicleta fuera lo que me perturbase y quisiera desaprender haber aprendido a andar en bicicleta. Uno no puede des-aprender esas cosas ¿Me entiende?

–          No, claro. Uno puede des- aprehender esas cosas.

Además de hacer caras, y hablar poco, él reutiliza las palabras que yo digo, juega, les cambia una letra, las desarma, las reordena, y me cobra. Me da un poco de bronca no poder hacer esto por mi cuenta y abandonarlo de una vez. Nueve o diez años es mucho tiempo. Quique dice que si para dejarlo estoy esperando que él me dé el alta me olvide, que nunca me lo va a dar porque la terapia que yo hago es psicoanálisis, es decir soy una persona en análisis y eso es para toda la vida o todo el tiempo que yo quiera analizarme. Yo por lo pronto sigo yendo porque creo que este cara de teta, con voz de consciencia y solemne, me está ayudando a convertirme en mujer.

–          ¿Cómo dice?

–          Digo que aprender no es lo mismo que aprehender.

–          Ah, no, no, no es lo mismo. Cierto. Pero volviendo a lo perfectible, el único perfecto es Dios. Nosotros nacimos imperfectos porque nacimos con pecado.

–          ……

(Espanto)

–          Por eso nos bautizan.

–          ¿Y el pecado es una falla?

–          Sí, claro.

–          No, de claro no tiene nada.

(Risas)

–          Qué raro, siempre lo mismo. Yo nunca tengo nada en claro.

(Risas)

–          El problema es cuando la falla es la sexualidad.

–          ¿A qué se refiere con que la falla es la sexualidad?

–          A que lo que se intenta corregir es la sexualidad, como si fuera una falla.

–          …….

Como desde hace nueve o diez años, cuando la que se queda sin palabras soy yo, Malena, la que no sabe hacer caras para los silencios ni concluir por sí sola, es cuando se termina la sesión. Hay frases que me superan completamente. Como si no pudiera alcanzarlas. Me pasan por encima, apenas puedo rozarlas; las acaricio como a las luces verde láser del boliche cuando estoy borracha.

–          Dejamos por hoy Malena, te veo el miércoles.

–          …….

Él se levanta de su silla y abre la puerta de la misma manera que abre hace ya nueve o diez años, con el brazo extendido y su mano en el picaporte. El resto de su cuerpo queda inmóvil al lado de su silla de terciopelo rojo estilo Luis XV de madera robusta y patinada. La luz queda encendida, y el teléfono tiene ese aire de doblemente quieto que tienen las cosas cuando son móviles. Yo atravieso la puerta de la misma forma que la atravieso hace nueve o diez años. Camino cinco pasos hacia la izquierda y llego a la puerta. Dejo que él la abra, y para eso, camino unos pasos más hacia el lado opuesto. De otra manera, no podría abrirla por el poco espacio que hay entre la puerta y la pared. Recién entonces le pago. Chau, me dice él con su chau característico: Cortito, suave, contundente. Tiene la camisa rosa Legacy un poco desplanchada y el pantalón de vestir beige de la misma marca ajado. Los zapatos marrones Man Stork clásicos sin cordones están intactos. Le digo chau, le doy un beso casi sin ruido, apoyando el cachete, casi sin beso y voy a casa, al trabajo, o a la universidad.

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2 pensamientos en “Capítulo 2: Terapia del 8N

    • Nooo ¿Cómo Psycho? ¡Pobre Malena! Hace 9 o 10 años que va con él. Diálogo en este caso… (Esperá un par de capítulos más y verás la diferencia con un monólogo, diálogo interno, flujo de consciencia…. Otra que el Ulises de J.) Saludos!

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