Capítulo 4: Del otro lado del guardarropas

Si yo tuviera el culo de cualquiera de las chicas que están haciendo body pump en el piso de arriba, dejaría de insistir con el gimnasio. Es un hecho: Lo único que tiene de bueno empezar la rutina con quince minutos de escalador es que desde acá, inclinando unos treinta y cinco grados la cabeza hacia arriba, se ven de espalda una fila de fanáticas del gimnasio, que a pesar de tener el cuerpo esculpido, siguen dándole duro al body pump, chicas que transpiran, sufren, se ríen cómplices, se tocan envidiosas unas con otras las remeras dry-fit Nike, las calzas Reebok, las zapatillas Adidas aerobic, y se miran al espejo. Todo el tiempo se miran al espejo, lo hacen mientras levantan las pesas rojas de dos kilos, cuando se agachan en las sentadillas, o cuando se llevan el pecho a las rodillas en los abdominales; se miran todo lo que puedan. Yo también lo haría si tuviera ese cuerpazo, no voy a negarlo. Pero creo que me lo miraría en el espejo de casa. Al gimnasio vendría únicamente para reírme de las que se matan en la cinta y abandonan a los dos meses porque finalmente entienden que aunque respeten la rutina a raja tabla, se esfuercen, transpiren, corran y vayan a todos los talleres, nunca, jamás tendrán el lomo que tienen las chicas del body pump. Y eso no es por mala suerte o por la tiroides: Eso es por la genética que le toca a cada uno en la vida. Cuando tenés buena genética, tenés buena genética y cuando no la tenés, no la tenés.

      Eso lo pensaba cuando en el visor del escalador (una máquina del infierno que simula que estás escalando hacia la mismísima nada) marcaba 9:58 y eso quería decir que me faltaban 5:02 minutos para terminar la entrada en calor. Trato de no mirar el visor a cada rato porque siempre me falta mucho para terminar y “mucho” es la misma cantidad de tiempo así falten diez, cinco o dos minutos.

– En media hora empieza el taller de abdominales, Corpotorta.

Desde que dejé el laboratorio chico, nacional, familiar, por un mejor puesto en uno grande, multinacional, impersonal, Quique me llama “Corpo-torta”. La primera vez que me lo dijo me enojé. No me gusta la palabra torta, ni los chistes cliché cada vez que cumplo años y me traen la torta. La segunda vez que me llamó así, lo miré fijo y en silencio. La tercera, resolví que no tenía tiempo de educar a Quique, y que aunque lo tuviera, de todas formas sería en vano. Es una marica divertida, pero no tiene sentimientos.

 

– No puedo. Tengo hernia de ingle.

– ¿De coger?

– No, de ingle, marica maldita.

A Quique le gusta mi entrenador y algunos profes del taller de abdominales. Por eso insiste con el taller. Mi entrenador es del grupo de los profesores de educación física con buen lomo pero no de los anabólicos. Es decir, es de esos con los bíceps y tríceps marcados, pectorales firmes y espalda que va de ancha a estrecha hacia la cintura, pero sin ser inflado. Sus muslos no son gran cosa pero tiene un buen par de gemelos. Intactos y peludos. Siempre está bronceado y tiene una gorra con visera que hace que lo veas lindo, al menos de la nariz para abajo. Los ojos no se los vi nunca y esto no es en absoluto necesario porque trato de dirigirle la palabra sólo cuando no me queda otra: Cuando no recuerdo la rutina o cuando quiero reemplazar un ejercicio por otro porque me duele la ingle. Al parecer le encanta ser profesor. Se pasa el tiempo paseando de una cinta a la otra, luego va detrás de las bicicletas, hablando con una, hablando con otra. A todas les da consejos de los más variados, pero principalmente habla de dietas sanas y milagrosas. Se nota que no sabe nada de bromatología, pero en cambio es magíster en suplementos dietarios y aminoácidos. Cuando pasa detrás de mi escalador, me mira serio y me pregunta “¿Todo bien por acá?”, y yo le hago un gesto de que sí, de que está todo bien, y sigue de largo. No termino de descifrar si me tiene respeto, sabe que me parece un estúpido, o simplemente no le gusto. Yo lo saludo cuando llego, pero nunca cuando me voy. Trato de escaparme, no sé si por vergüenza, por antipática o por idiota. Es de la clase de tipos que jamás me esforzaría en conocer. Cuando me armó la rutina me preguntó qué parte de mi cuerpo quería tonificar. Le dije que todo y rápido porque no tenía demasiada esperanza de continuar en el invierno. Y se lo dije un poco en chiste, un poco en serio. Pero el fulano se lo tomó literal, y me explicó que todo de golpe no se puede, y que el metabolismo, y que el ácido láctico, y que la grasa, y que la dieta, y que la rutina, y que se calle, por favor que se calle…

Son cinco profesores en los que estamos repartidos todos nosotros. Los gordos, las chicas del body pump, los patovicas, las maricas, los tortones, los atletas, Quique y yo, que terminamos allí porque en la lista de “actividades pendientes post-graduación” que hicimos una tarde en medio de ochenta finales, ésta era una de las primeras junto con: Cortarse las uñas de los pies cada quince días, hacer fotografía y salir a bailar sábado por medio. 

 

– Hay dos por uno en el gimnasio de acá a la vuelta, corpo-tort (a veces lo abrevia y suena menos feo). Nos anotamos los dos, pagás vos.

– ¿Hay pileta?

– Sí, hay pileta, yoga, boxeo, body pump, y talleres de abdominales cada media hora.

– Los detesto. ¿Hay algo más feo que los abominables?

– Sí: El culo caído de una recién recibida de farmacéutica.

– Más te vale que no abandones a los dos meses, marica. Anotame, dale.

Hace tres semanas que empezamos y Quique ya se curtió al que guarda los bolsos en el vestuario. Un negrote de esos que vienen de Somalia, con dientes muy blancos y piel muy oscura. Alto, altísimo. Eso pasó cuando se dio cuenta de que mi entrenador lo saludaba y le daba charla de pura onda pero que era más heterosexual que mi papá. Esa tarde nos habíamos encontrado en la puerta como todos los martes.

– Martes a las siete, Corpo-tort, llueva o truene.

– Martes a las seis cincuenta, marica. Y si me plantás le digo a mi entrenador que lo amás y no podés vivir sin él. 

Subimos como siempre el piso por escalera, Quique se va al vestuario de hombres, yo al de mujeres. En el vestuario de gimnasios con pileta sucede que las mujeres que vuelven de la piscina, se duchan. Por este motivo, el baño se convierte en un desfile de tetas caídas, cachas flácidas, mallas enterizas subidas hasta la mitad, pelos en las bachas, piso y mesadas, olor a Cloro, a champú Plusbelle, a crema para peinar Sedal y a crema corporal Hinds. Trato de no mirar, de dejar la cartera y el celu en el guardarropas y salir disparando, pero siempre una o dos tetas se me interponen en el camino, alguna pierna embadurnada en crema, un latigazo de pelo mojado. Esa tarde no sucedió. Esa tarde entré, dejé todo en el guardarropa y salí. Exhalé aliviada. Quique aún no había salido y lo esperé unos cuantos minutos antes de enojarme lo suficiente como para subir sola a la sala de musculación, en el segundo piso. Miré alrededor, no vi a mi entrenador, volví a exhalar aliviada, no vi a Quique tampoco, y me subí al maldito escalador para los sabidos quince minutos de entrada en calor. La clase de body pump no había empezado con lo que tuve que conformarme mirando al grupo de patovicas amontonados en lo que llamamos con Quique la sala de los duros. Un espacio destinado a ellos y sólo a ellos, en donde las pesas van de cien en adelante, en donde todo lo que tocás está sudado, roto y entalcado. Los patovicas sí son de los inflados anabólicos. Tienen pectorales turgentes y brazos anchos. Los muslos son pequeños en comparación de sus cuerpos enormes y morrudos. La mayoría tiene pelo rapado o muy corto con gel Lord Cheselin, y usan jogging gastados y remeras ennegrecidas con cuello estirado y sin manga. Se puede decir que son de los grupos más unidos del gimnasio. Cuando un patovica hace pecho con más de ciento cincuenta kilos siempre hay otro que se ubica por detrás para asistirlo en caso de que se rinda. Eso casi nunca sucede porque los otros tres o cuatro patovicas que quedan a los costados le gritan cosas como: – Dale, macho, la concha de tu madre. Y eso es motivador hasta para mí, que casi siempre me quedan 5:02 minutos para terminar la entrada en calor.

Quique no volvía, y cuando el escalador terminó conmigo, bajé a buscarlo. Me imaginé encontrarlo desmayado en el descanso de la escalera y eso no me sorprendería en lo más mínimo. De todos mis compañeros de cursada Quique era el más adicto al Modafinilo. Una droga psicoactiva que nos mantenía concentrados y despiertos para estudiar por muchísimas horas, pero con irreversibles secuelas cardíacas si se la consumía en gran cantidad, como lo hacíamos casi todos los estudiantes de farmacia (En especial Quique). Los dos últimos años de carrera se los debemos al laboratorio que la desarrolló y lanzó al mercado. 

Llegué al descanso y no estaba, así que continué hasta el vestuario. Me paré en la puerta y disimulando, miré hacia abajo, hacia el costado y después hacia adentro. Sólo vi medias de toalla Duffour en el piso, un torso desnudo de marica depilada y al fondo, en una esquina ínfima, de refilón detrás del guardarropa, dos siluetas en el espejo. Uno, indefectiblemente era Quique, lo otro era un ropero negro de ambo azul Pampero que lo envolvía. Se dieron un beso de despedida y Quique salió con una sonrisa que le tocaba las orejas.

– Te apretaste al negro guardarropas. Yo no te la puedo creer.

– Callate tarada, vamos al descanso que me falta el aire. No sabés, entré al vestuario, vos me viste, entré a la par tuya. Dejé el bolso, el celular pero cuando me estuve por ir, Milton me agarró de la muñeca.

– ¿Milton?

– El negro. Se llama Milton. Me agarró de la muñeca y me dijo que me quería mostrar algo del otro lado del guardarropa. Le dije que me estaban esperando, que mejor después de la rutina, pero insistió, me dijo “dale que vos tenés ganas”. Recién cuando dijo eso me di cuenta de que se me estaba insinuando.

– ¿Y no había gente?

– Sí, qué no. Estaba el grupo de las maricas mirándose al espejo, poniéndose talco en los guantes, lo de siempre. Bueno, me dijo, “dale que vos tenés ganas” y le dije “¿Ganás de qué?”

– ¿Me vas a relatar todo? Dale, andá a lo importante.

– Imbécil, escuchá. Me pasé del otro lado y me llevó al baño sólo personal autorizado, me tiró la goma como una loca. Una mano enorme, negra, firme, me sacudió como un hijo de puta, no lo podía creer.

– ¡Qué asco! ¿Y ahí quedó?

– No, no. Después se bajó el pantalón y tenía puesta una vedetina de encaje fucsia divina.

– ¿Qué marca?

– Sos una pelotuda. Sweet Lady, no sé. Se dio vuelta, apoyó sus manos negras enormes contra la puerta. Una cola que te morís, mejor que la de las chicas del body pump, ni una estría, nada de celulitis.

– Los negros tienen buena genética, no hay con qué darle. 

– ¿Eh? Bueno, la cuestión es que se corrió la vedetina para un costado y me dijo “la quiero adentro ahora”.

– No me hace falta tanto detalle. ¿Te culeaste al negro guardarropas? No tenés límites. ¿Te cuidaste?

– Sí, sí, me cuidé…. No sabés cómo gritaba.

– Voy a tener pesadillas, no quiero escuchar más. ¿Y la gente?

– ¡Qué sé yo!

– Yo no entiendo nada. ¿Ahora vas a ser así? ¿Este es el Quique pos-graduado? ¿El cogedor de negros guarda-ropas? Fijate de hacer un posgrado, una maestría, algo que te ponga un poco de coto porque vas a terminar mal.

– ¿Un poco de coto? 

– Sí, un coto, un límite, tarado. Desde que nos recibimos que estás desatada.

– Vení, dame un beso. Chau coto, te veo el próximo martes. Estoy exhausto.

Sonrió, me besó la frente y bajó saltando las escaleras. Ya había tenido suficiente ejercicio.

En lo que a mí respecta, en cambio, me quedaban todavía tres series de quince abominables inferiores en colchoneta, cuatro series de diez tríceps con polea, dos series de veinte dorsales superiores, tres series de veinticinco de bíceps aéreos con mancuerna de dos kilos y otros quince minutos de escalador para eliminar el ácido láctico que produce el ejercicio anaeróbico de los fierros.

Finalmente cuando llegué al escalador, las chicas del body pump ya estaban elongando y así pude superar los 5:02 minutos fatídicos que me faltaban para terminar la rutina. Me bajé de un salto, esquivé a los patovicas y salí casi corriendo cuando vi a mi entrenador de espaldas mirándose al espejo. Con suerte, pensé, buscaría mi bolso y mi celu en el vestuario y alguien se daría cuenta de las ganas que tengo yo también de pasar del otro lado.

 

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