Capítulo 5: Mil ochocientas cuarenta y siete clases

 – Este profesor es puto.

– Ay Quique, desde que te hiciste marica todos los tipos te parecen putos.

– Hablá más bajo boba, que se escucha.

– ¿Qué me importa? Esta clase es una pedorrada. ¿Me podés decir por qué en vez de estar en el aula de atrás haciendo “Coaching” o “Marketing” o alguna pavada parecida estamos haciendo un posgrado de “Dispositivos Médicos”? ¿Qué mierda tenemos en la cabeza?

No era una pregunta retórica pero Quique- como siempre- me dejaba con la duda hiriente y concreta de por qué después de haber estudiado durante diez años química (todas las posibles), física (todas las imposibles), matemáticas (la única, pero en cuatro partes) y otro sinfín de materias obsoletas nos habíamos inscripto en la casa de estudios de la Universidad de Belgrano para hacer un posgrado de “Medical Devices”.

Era la cuarta clase y la maldita estructura mental con la que un farmacéutico es formado, construido, moldeado, definitivamente no me permitiría abandonar el curso antes de que terminara, en unas…. Mil ochocientas cuarenta y siete clases más. “La perseverancia, la per-se-ve-ran-cia”, “el sacrificio, el sa-cri-fi-cio”.

Me había entusiasmado la primera clase porque el Dr. Molina, famoso en la industria farmacéutica por gordo, carero y chanta, nos había hablado de finanzas, de publicidad, de ventas: escapes de la dura, inflexible y estúpidamente sacrificada carrera exacta de farmacia, mi carrera, la de Quique, la de todos los que estábamos ahí, escuchando con atención- sin break ni cuestionamientos- las palabras de cualquier trajeado que se parase delante nuestro. Una carrera que elegimos por caer en la torpe creencia de que como todas las personas se enferman, los farmacéuticos están llenos de plata. “Nunca vi un farmacéutico pobre”, solía decir mi madre.

Pero ahora, ya farmacéutica, me extraña entonces que con esa lógica no haya estudiado medicina forense porque si hay algo más verdadero que el estamento de que todas las personas se enferman, es que todos –más tarde o más temprano- nos vamos a morir.

Para ser exacta, dura, inflexible y estúpidamente sacrificada, elegir ese posgrado fue por dos motivos: Una confusión y una esperanza. Dos meses antes de que comenzara el curso, que para entonces era para mí sólo un mail informativo en mi casilla spam, había consultado a una astróloga conocida de Quique. A él le había hecho tantas predicciones fabulosas y prometedoras que no dudé un segundo en pedirle los datos de contacto. Cuando estuve sentada con la señora, una gorda cincuentona, que vivía en un departamento venido abajo en Almagro, me había dicho entre otras cosas, que mi actual pareja –yo no tenía una- era un demonio invertido y que en unos meses me destrozaría el corazón, pero que casi al mismo tiempo conocería a alguien muy importante en el ámbito de una casa de estudios. El amor de mi vida, quien revolucionará mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y abandonar a mi actual pareja.

Recordé al instante el correo en spam y sin vacilar lo pasé al inbox; por último convencí a Quique de que se anotara conmigo diciéndole que él también podría conocer allí al amor de su vida.

El otro motivo por el cual me había anotado, la confusión, fue creer que los integrantes del curso serían importantes y jerárquicos funcionarios de compañías farmacéuticas multinacionales con los cuales podría quedar en contacto, y hacia el final del curso (en unas mil ochocientas cuarenta y siete clases más) tal vez lograse infiltrar mi efímero y decadente currículum, y así poder cambiar de trabajo nuevamente. La multi impersonal para la cual trabajaba hacía unos pocos meses, era aún más decadente que el laboratorio nacional y familiar del cual venía. 

Con lo que me encontré, en cambio, fue con un aula repleta de ex compañeros de la facultad, egresados como Quique y como yo el año anterior y con un contingente de extranjeros sin la más mínima experiencia en el rubro, que se habían venido a Buenos Aires, bajo la justificación dura, inflexible, y estúpidamente sacrificada del estudio y la especialización. Es más, luego de que cada uno se presentara, confirmé que la única que tenía al menos una jefatura de área era yo, y en esa misma clase terminé- sin exagerar- con nueve curriculum vitae, cuatro tarjetas personales, y dos cartas de presentación de compañeros que querían insertarse en la industria.

– ¿Qué te haces la grosa, naba?, se burló Quique después de clase, yendo a buscar su Fiat Uno.

– Mirá corazón, lo único que diferencia a un farmacéutico de otro es el mejor o peor marketing que cada uno hace de sí mismo. Por lo demás, somos todos iguales.

No encontrarme con la pope famosa, moralista y añeja de la industria, hubiese sido un detalle si de todas mis colegas siquiera alguna me llamara la atención o me gustara.

Ninguna, menos que menos, parecía ser el amor de mi vida, quien revolucionaría mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y a abandonar a mi actual pareja – aunque yo no tuviese una–. 

¿Acaso sería la gordita de la segunda fila con gafas rojas Orbital que no paraba de acotar obviedades en cada silencio de Molina? ¿O sería la flaca con cara de intelectual y soberbia disfrazada de mujer adulta Chatelet, de farmacéutica de hace años? Tal vez alguna de las chicas del fondo…. ¿La que llegaba siempre tarde y orgullosa con su ambo blanco Saber y su caja de balones ridículos de química orgánica? ¿O la rubia de tez blanco Ala que se le entrecortó la voz cuando se presentó y tuvo que confesar que se llamaba Silvia Lamela? ¿Y qué hay con el grupo de las chicas topo? Así llamábamos con Quique a las chicas que de tan feas, desarregladas y antipáticas, parecían salir de las cloacas sólo para venir a cursar y luego volver a acobacharse, volver a investigar, volver a empalidecerse aún más, desarreglarse mejor, volverse aún más antipáticas y feas hasta la próxima clase. ¿Sería alguna de ellas?

Por un instante me tranquilizó pensar que tal vez, el amor de mi vida, quien revolucionaría mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y abandonar a mi actual pareja – aunque no tuviese una- podría tranquilamente tratarse de un chico y no de una chica. Entonces miré alrededor – y sólo lo hice para que Quique no me torturara más con eso de que no me permitía la epifanía ni la sorpresa-  y me encontré con lo previsible: Chicos con camisas lisas satinadas Absolut abotonadas hasta el cuello, barba candado y gel en el flequillo. Pantalones a medida, prolijos, con dobladillo hecho a mano y hacia adentro, chicos cuidados hasta en el detalle de tener cartuchera. Cartuchera. Sí. Espantan a cualquiera.

Más adelante, casi siempre los pelados y los canosos: Ancianos prematuros que nacieron a los treinticinco y ahora rondaban los setenta, y conservaban de su edad cronológica sólo el documento de identidad que dice que son del ochenta y cuatro, ochenta y tres, ochenta y dos. No pueden ser interesantes para ningún ser humano que desee – aunque débilmente- tener buen sexo alguna vez en la vida.

Para culminar, en la tercera fila el staff de los científico-bohemios: Una mezcla de harapos, barba despareja, anteojos, chivo y morral muy difícil de describir pero infaltables en cualquier carrera relacionada con las ciencias.

Fue entonces, en esa cuarta clase cuando entró el Dr. Esteban Debonis a continuar el seminario de normativa local: Un tipo alto, joven, con rulos despeinados, barba crecida pero al ras, camisa Cardon a cuadros con dos botones desabrochados que dejaban ver unos pelitos sexys en su pecho, Jean Levis y náuticos Hush Puppies; descontracturado, con una voz más masculina que farmacéutica o bohemia, con la que se disculpó por llegar tarde antes de tirar su portafolio Samsonite en una de las sillas desocupadas al lado de los científico-bohemios.

– Éste no es farmacéutico, le dije a Quique.

– Puto tampoco.

– ¿Podés parar un segundo con eso?

Claro que no era ni gay ni farmacéutico y no podía negar que me había encantado.

Inmediatamente corroboré que no tuviese anillo en el dedo anular – la empiria es una materia importante en nuestra carrera-. No tenía, con lo que despejada de tal limitación, me dediqué a observarlo de arriba a abajo. Sin escrúpulos: La camisa Cardon, el Jean Levis, los náuticos Hush Puppies, el pelo en el pecho, su mano izquierda. Tanto lo miré que finalmente se dio por aludido y no tuvo más remedio que preguntarme si quería preguntarle algo o tenía alguna duda sobre lo que estaba diciendo. -Doctora, ¿Alguna pregunta? Tiene una cara. Esto me lo preguntó con su voz masculina, ronca, alta, y delante de todos, faltando nada menos que mil ochocientas cuarenta y siete clases más. Pero qué atrevido. Quique tuvo que darme un codazo para que respondiera porque yo estaba absorta en mis pensamientos, en la astróloga, en la camisa, en la novia que no tenía, en el posgrado, en los ancianos prematuros. Y si bien había escuchado cada palabra de su pregunta, no relacioné ni por un segundo que me la estuviera haciendo a mí.

– Te está hablando a vos, estúpida.

– Ya sé imbécil, le dije a Quique de costado y en voz baja. 

Al Dr. Debonis en cambio le dije “no”, con un “no” desmedido, duro, inflexible, y estúpidamente sacrificado en comparación con la pregunta simple y genuina que me había hecho; de alguna manera quise dejarle en claro que No quería preguntarle nada, que Tampoco saldría con él luego de las mil ochocientas cuarenta y siete clases, que Jamás aceptaría ser su novia, Menos su esposa y Menos que menos permitiría que un banana como él fuese el amor de mi vida, quien revolucionaría mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y a abandonar a mi actual pareja- aunque yo no tuviese una.-

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