El amor en tiempos de WhatsApp…..

El amor en tiempos de WhatsApp…..

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Capítulo 10: Quique, el macho

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– Tres tristes trabas truchan tropidamida en el tren.

– Más rápido, torta.

– Trestristestrabastruchatropicamidaeneltren

– A ver la de Pablito…

– Pablito se clavó un esclavito ¿Qué esclavito se clavó Pablito? Pablitoseclavóun esclavito¿Qué esclavito se clavó Pablito? Pablitoseclavóunesclavitoquéesclavito seclavóPablito.PablitseclavónesclavitoquésclavitoseclavóPablito

– ¡Ay, basta por favor! …Estoy tan aburrido….Qué viernes de mierda… ¿Qué vamos a hacer mañana?

– Yo nada. El domingo hay almuerzo familiar y no quiero llegar destruida. La tía Chetina va a presentar a su nuevo novio.

– Ay pero ¿Todos los años presenta nuevo novio? Dejate de joder. Vamos a La Puerca.

– No.

– Dale.

– No.

– Si te gusta.

– Te dije que no. ¿Por qué no venís conmigo el domingo?

– Ni porque tu papá se haga puto.

– Imbécil.

– Cómo me gusta tu papá, tan macho es, con ese pelo negro tupido en el pecho, por favor. Me vuelvo loca.

– Sos un asco ¿Sabías? …Dale, vení acompañame; si no llevo a alguien me van a volver tarada con preguntas. ¿Para cuándo un noviecito? ¿Ninguno te gusta? ¿Y qué pasó con ese que te arrastraba el ala?

– Ni en pedo. ¿Encima querés que me haga pasar por tu macho? Forget it. 

No tenés que hacerte pasar por nada, idiota. Lo único que tenés que hacer es comportarte como un hombre, hablar como un hombre, reírte como un hombre, no gesticular, no decir “Ay” antes de empezar cada oración, nada más.

– ¿Por qué no te vas a la mierda, chupa Zorra?

 

Me encanta darle desafíos a Quique. Es el tipo más competitivo del mundo. Domingo, un calor que se rajaba la tierra. No habíamos salido el sábado con la condición de que los próximos dos tenía que acompañarlo a donde él me dijera, sin chistar, sin excusas, y con previa en el depto. 

Pasé a buscar a Quique a las 11,30 y nos fuimos a la reunión cantando Like a Virgin a todo volumen y con los vidrios polarizados del Ford KA hasta la mitad.

– ¿En la casa de quién es esto?

– De la nona.

– ¿No se murió todavía?

– No.

– Esa nos va a enterrar a todos, acordate. ¿Tía Celia va? Me encanta la tía Celia, es tan conchuda.

– Sí, va. Espero que esté empastillada hoy.

– Olvidate, esa desayuna veneno. Qué mal cogida que es, por Dior. Sabe que todos pensamos que es una mal cogida eh, pero no le importa nada.

Entonces la mesa estaría compuesta por: La nona, el nono, madre, padre, hermano, mi tía Celia La Solterona, mi tía Chetina La Comepibes y su nuevo novio, mi tío Raimundo El Guarro, mi tío Jaime El Farmacéutico, mi primo Osvaldo El Reprimido, mi prima Laura La Puta, su novio Ezequiel El Pija, Quique y yo. 

¿Qué podía suceder de novedoso si se sabe que Celia La Solterona iría sola, y se dedicaría a hacer preguntas incisivas, criminales, dolorosas, y conchudas, como en todas las reuniones? ¿Qué podía sorprenderme cuando ya todos sabemos que Chetina La Comepibes presentaría a un nuevo novio mucho menor que ella y que le durará lo mismo que un pedo en una bolsa? ¿Qué tendría de distinto esta vez si es harto sabido que mi tío Raimundo El Guarro haría el chiste más sucio que se puede escuchar en el momento menos apropiado? ¿Por qué habría de ilusionarse si de antemano era esperado que Jaime El Farmacéutico hablara de su oficio, su farmacia, su chacra, sus billetes y sus viajes? ¿Y Osvaldo? Osvaldo, El Reprimido: Quique intentaría intimidarlo seguramente, pero sin éxito. Osvaldo es Puto y Homofóbico y eso es como ser K y Anti K a la vez; técnicamente imposible. Y Laura La Puta con su novio Ezequiel El Pija no aportarían más que dos sillas ocupadas, hasta que Laura entrase en ebullición y comenzara con una simple y dulce caricia en el muslo de Ezequiel, que indefectiblemente terminaría con un sobresalto de Ezequiel, una carcajada de Laura y un salir corriendo sin siquiera disculparse a garchar… Lo antes posible a garchar. Mi madre intentaría salvar la situación hablando de política, mi padre la haría callar por su ignorancia, pero ante la insistencia de mamá se resignaría y se iría a tomar jerez al living con el nono. Mi hermano y el helecho estarían allí inmutables, al acecho contra nadie, esperando que algo los movilice, pero al igual que Quique con Osvaldo, sin éxito. El nono ¿Qué decir del nono? El nono está con la alemana hace dos años y sólo en contadas ocasiones entiende cómo se llama, con quién vive, quiénes somos y qué mierda hacemos ahí, con lo que no se espera más que acompañe a mi hermano y al helecho a pasar sin sobresaltos la reunión. La nona es quien va a dirigir las conversaciones, amortiguará las preguntas hirientes de Celia, será cortés con el nuevo novio de Chetina, dirá “la juventud, la juventud” cuando Laura y Ezequiel se vayan a garchar, y es quien va a intentar por todos los medios que Raimundo no cuente aquel chiste.

En síntesis todo el almuerzo será una situación errática en la que la nona intentará impedirnos a todos ser quienes somos, pero nuevamente, al igual que Quique con Osvaldo, será sin éxito.

Llegamos puntuales y bien arreglados. Quique había elegido una camisa Old Bridge celeste, una bermuda Tascani de Jean y las sandalias Stork Man que le regalé para su cumple. Yo me levanté sin ganas de pensar demasiado, así que me puse un vestido de Paulita y unas chatitas Clona. Sin aritos, sin cartera, es decir sin símbolos femeninos más que el de llevar colgando del brazo a Quique, mi macho.

Como no esperaban la llegada de Quique, hubo un silencio necrótico en el living y miradas cómplices entre la nona y mi madre seguidas de una muesca de aprobación. Porque a pesar de que se tratara del pela gatos de Quique, el huevón que me acompaña desde la infancia, ahora ya está hecho todo un hombre, y hasta tiene una pelusa de barba en el mentón y pelos en los dedos de las manos, lo cual a simple vista, sin detenerse demasiado, todo indicaría que creció, que crecimos, y que tal vez, por el choque de algún planeta siniestro, los rezos de la nona y alguna macumba de mi madre por fin estaba presentando a un novio, que para tranquilidad de todos y a favor de las propiedades en herencia, era uno bonachón y casi de la familia.

Nos sentamos en el orden arriba indicado en la mesa larga del comedor. Por encima, la araña del comedor de la nona, que es como una institución “La Araña del Comedor de La Nona”. Una araña de cristal rojo con lágrimas transparentes que cuelga hasta unos 90 centímetros por encima de nuestras cabezas. Por delante el gran espejo con rebordes de oro laminado y por detrás el bendito cuadro con los ciervos comiendo un pastizal verde musgo, que es el mismo cuadro que tiene mi madre, la tía Celia, la tía Chetina, el tío Raimundo, y el tío Jaime. Nunca supe por qué todos tienen el mismo cuadro, pero a veces fantaseo que cuando me case, aparecerá en mi departamento también uno, tal vez en una versión más minimalista, un ciervo más simétrico o un pastizal verde eléctrico.

Todo marchaba bien hasta la primera pregunta de Celia dirigida a Quique.

– ¿Y nene? ¿Ya conseguiste trabajo vos?

¿Por qué preguntar eso cuando en el último almuerzo conté expresamente que Quique estaba muy deprimido porque no lograba que lo tomaran en ningún laboratorio ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?! 

Para mi sorpresa y la de la conchuda de Celia, Quique respondió. -¡Sí tía, entré en Bagó! Y en ese momento, en medio de un silencio generalizado, mi nono que no entiende nada, pero que evidentemente había registrado que Quique buscaba desesperadamente trabajo hacía mucho tiempo, gritó: “Un brindis, un brindis señores, por Quique que entró en la NASA. Muy bien Quique, bravo, bravo”, y al cabo de cinco segundos todos estábamos brindando, y volcando vino en el mantel de broderí blanco por Quique, el astronauta, que agradecía a todos levantando la mano, mientras yo lo abrazaba entre confundida y contenta.

Lo que continuó fue la esperada carcajada de Laura, pero esta vez, Ezequiel se fue al baño. Y el nono, mirándome fijo, me dijo que por fin ese chico se había dado cuenta de todo. Nadie preguntó nada, y yo no entendí bien a qué se refería, pero por las dudas no pregunté y le contesté que tenía toda la razón del mundo. Laura me insultó y se levantó de la silla de un salto tirándola al piso y se fue a golpear la puerta del baño como una loca. Por último salieron juntos hacia la calle y la nona dijo lo que ya sabíamos que diría….Mamá interrumpió la confusión preguntando si ya sabíamos a quién votaríamos en Las Paso, y mi padre le dijo que por favor se callara porque de esos temas no se habla en una reunión familiar; mamá se enojó, le dijo engreído, y papá se levantó y se fue al living a tomar jerez con el nono. Mamá insistió con el tema, y cada uno tuvo que decir a quién votaría.

– Vos Quique, ¿A quién vas a votar?

– A Prat Gay.

– Ah, mirá vos ¿Y qué proyecto tiene Alfonso?

– …….

– O sea, ¿Qué es lo que propone?

– …. Y… Lo mismo que todos, Susana: Mentiras.

 

Todos se largaron a reír y así Quique evitó contestar que lo votaba por su apellido. Yo anticipé que no sabía a quién votaría pero que sin dudas jamás elegiría a un radical, (me da viejo), tampoco a un Director de Cine ¿Qué mierda tiene que ver? Menos a un nabo que se apretó a la nieta de La Chiqui Legrand en plena campaña presidencial; ni que hablar de votar al amigo de un tipo que le falta un brazo, o a una señora inválida y católica que se pasea por todos lados con un rabino gay. Y en ese momento, cuando dije Gay, y siendo que ya veníamos de Prat Gay, el tío Raimundo tuvo el pie justo que necesitaba para hacer su chiste sucio, y bestial.

El chiste fue tan grasa, homofóbico, malicioso, irónico y gracioso que cuando terminó, la mitad de las personas se reían, la otra mitad se descostillaban hasta las lágrimas y algunos pocos, incluidos Osvaldo, Quique, y sorpresivamente el tío Jaime, se quedaron en silencio. Yo estaba entre los que se rieron, y los que se descostillaron, pero me duró poco la emoción porque al ver que a Quique, siempre tan puto y sensible, le temblaba el mentón, los ojos se le llenaban de lágrimas, y estaba a punto de arruinarlo todo, le encajé un chupón en la boca.

Sí, un beso a mi hermano, a mi amigo, al puto sensible marica pelotudo de Quique que estaba por confesar lo suyo, lo mío y proclamar a los cuatro vientos los derechos gays, para que después se quisiera suicidar y estuviese como un zombi dándole y dándole al Clonazepam para calmar la angustia.

Cuando dejé de besarlo, vi que se le había transfigurado la cara. Estaba tan espantado que le metí otro cortito y rápido para ocultar su expresión. Se tiró para atrás, y tuve que agarrarle fuerte la cabeza y chuponearlo otro rato.

– ¿Qué haces pelotuda?

– Callate, mogólico.

Y decirle esto fue un cachetazo, porque inmediatamente se enderezó, se incorporó en el beso, me metió la lengua y me tocó una teta. ¿Con qué necesidad? ¿Por qué siempre tiene que dar la nota? Delante de la nona, mi madre, Celia, Raimundo, Osvaldo mi hermano, el helecho.

El nono que llegaba con el jerez en la mano al igual que papá, se quedó inmóvil en la puerta del living y al volver en sí, exclamó – ¡Otro brindis, otro brindis señores, por el nuevo novio de Celia!

 

Capítulo 5: Mil ochocientas cuarenta y siete clases

 – Este profesor es puto.

– Ay Quique, desde que te hiciste marica todos los tipos te parecen putos.

– Hablá más bajo boba, que se escucha.

– ¿Qué me importa? Esta clase es una pedorrada. ¿Me podés decir por qué en vez de estar en el aula de atrás haciendo “Coaching” o “Marketing” o alguna pavada parecida estamos haciendo un posgrado de “Dispositivos Médicos”? ¿Qué mierda tenemos en la cabeza?

No era una pregunta retórica pero Quique- como siempre- me dejaba con la duda hiriente y concreta de por qué después de haber estudiado durante diez años química (todas las posibles), física (todas las imposibles), matemáticas (la única, pero en cuatro partes) y otro sinfín de materias obsoletas nos habíamos inscripto en la casa de estudios de la Universidad de Belgrano para hacer un posgrado de “Medical Devices”.

Era la cuarta clase y la maldita estructura mental con la que un farmacéutico es formado, construido, moldeado, definitivamente no me permitiría abandonar el curso antes de que terminara, en unas…. Mil ochocientas cuarenta y siete clases más. “La perseverancia, la per-se-ve-ran-cia”, “el sacrificio, el sa-cri-fi-cio”.

Me había entusiasmado la primera clase porque el Dr. Molina, famoso en la industria farmacéutica por gordo, carero y chanta, nos había hablado de finanzas, de publicidad, de ventas: escapes de la dura, inflexible y estúpidamente sacrificada carrera exacta de farmacia, mi carrera, la de Quique, la de todos los que estábamos ahí, escuchando con atención- sin break ni cuestionamientos- las palabras de cualquier trajeado que se parase delante nuestro. Una carrera que elegimos por caer en la torpe creencia de que como todas las personas se enferman, los farmacéuticos están llenos de plata. “Nunca vi un farmacéutico pobre”, solía decir mi madre.

Pero ahora, ya farmacéutica, me extraña entonces que con esa lógica no haya estudiado medicina forense porque si hay algo más verdadero que el estamento de que todas las personas se enferman, es que todos –más tarde o más temprano- nos vamos a morir.

Para ser exacta, dura, inflexible y estúpidamente sacrificada, elegir ese posgrado fue por dos motivos: Una confusión y una esperanza. Dos meses antes de que comenzara el curso, que para entonces era para mí sólo un mail informativo en mi casilla spam, había consultado a una astróloga conocida de Quique. A él le había hecho tantas predicciones fabulosas y prometedoras que no dudé un segundo en pedirle los datos de contacto. Cuando estuve sentada con la señora, una gorda cincuentona, que vivía en un departamento venido abajo en Almagro, me había dicho entre otras cosas, que mi actual pareja –yo no tenía una- era un demonio invertido y que en unos meses me destrozaría el corazón, pero que casi al mismo tiempo conocería a alguien muy importante en el ámbito de una casa de estudios. El amor de mi vida, quien revolucionará mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y abandonar a mi actual pareja.

Recordé al instante el correo en spam y sin vacilar lo pasé al inbox; por último convencí a Quique de que se anotara conmigo diciéndole que él también podría conocer allí al amor de su vida.

El otro motivo por el cual me había anotado, la confusión, fue creer que los integrantes del curso serían importantes y jerárquicos funcionarios de compañías farmacéuticas multinacionales con los cuales podría quedar en contacto, y hacia el final del curso (en unas mil ochocientas cuarenta y siete clases más) tal vez lograse infiltrar mi efímero y decadente currículum, y así poder cambiar de trabajo nuevamente. La multi impersonal para la cual trabajaba hacía unos pocos meses, era aún más decadente que el laboratorio nacional y familiar del cual venía. 

Con lo que me encontré, en cambio, fue con un aula repleta de ex compañeros de la facultad, egresados como Quique y como yo el año anterior y con un contingente de extranjeros sin la más mínima experiencia en el rubro, que se habían venido a Buenos Aires, bajo la justificación dura, inflexible, y estúpidamente sacrificada del estudio y la especialización. Es más, luego de que cada uno se presentara, confirmé que la única que tenía al menos una jefatura de área era yo, y en esa misma clase terminé- sin exagerar- con nueve curriculum vitae, cuatro tarjetas personales, y dos cartas de presentación de compañeros que querían insertarse en la industria.

– ¿Qué te haces la grosa, naba?, se burló Quique después de clase, yendo a buscar su Fiat Uno.

– Mirá corazón, lo único que diferencia a un farmacéutico de otro es el mejor o peor marketing que cada uno hace de sí mismo. Por lo demás, somos todos iguales.

No encontrarme con la pope famosa, moralista y añeja de la industria, hubiese sido un detalle si de todas mis colegas siquiera alguna me llamara la atención o me gustara.

Ninguna, menos que menos, parecía ser el amor de mi vida, quien revolucionaría mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y a abandonar a mi actual pareja – aunque yo no tuviese una–. 

¿Acaso sería la gordita de la segunda fila con gafas rojas Orbital que no paraba de acotar obviedades en cada silencio de Molina? ¿O sería la flaca con cara de intelectual y soberbia disfrazada de mujer adulta Chatelet, de farmacéutica de hace años? Tal vez alguna de las chicas del fondo…. ¿La que llegaba siempre tarde y orgullosa con su ambo blanco Saber y su caja de balones ridículos de química orgánica? ¿O la rubia de tez blanco Ala que se le entrecortó la voz cuando se presentó y tuvo que confesar que se llamaba Silvia Lamela? ¿Y qué hay con el grupo de las chicas topo? Así llamábamos con Quique a las chicas que de tan feas, desarregladas y antipáticas, parecían salir de las cloacas sólo para venir a cursar y luego volver a acobacharse, volver a investigar, volver a empalidecerse aún más, desarreglarse mejor, volverse aún más antipáticas y feas hasta la próxima clase. ¿Sería alguna de ellas?

Por un instante me tranquilizó pensar que tal vez, el amor de mi vida, quien revolucionaría mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y abandonar a mi actual pareja – aunque no tuviese una- podría tranquilamente tratarse de un chico y no de una chica. Entonces miré alrededor – y sólo lo hice para que Quique no me torturara más con eso de que no me permitía la epifanía ni la sorpresa-  y me encontré con lo previsible: Chicos con camisas lisas satinadas Absolut abotonadas hasta el cuello, barba candado y gel en el flequillo. Pantalones a medida, prolijos, con dobladillo hecho a mano y hacia adentro, chicos cuidados hasta en el detalle de tener cartuchera. Cartuchera. Sí. Espantan a cualquiera.

Más adelante, casi siempre los pelados y los canosos: Ancianos prematuros que nacieron a los treinticinco y ahora rondaban los setenta, y conservaban de su edad cronológica sólo el documento de identidad que dice que son del ochenta y cuatro, ochenta y tres, ochenta y dos. No pueden ser interesantes para ningún ser humano que desee – aunque débilmente- tener buen sexo alguna vez en la vida.

Para culminar, en la tercera fila el staff de los científico-bohemios: Una mezcla de harapos, barba despareja, anteojos, chivo y morral muy difícil de describir pero infaltables en cualquier carrera relacionada con las ciencias.

Fue entonces, en esa cuarta clase cuando entró el Dr. Esteban Debonis a continuar el seminario de normativa local: Un tipo alto, joven, con rulos despeinados, barba crecida pero al ras, camisa Cardon a cuadros con dos botones desabrochados que dejaban ver unos pelitos sexys en su pecho, Jean Levis y náuticos Hush Puppies; descontracturado, con una voz más masculina que farmacéutica o bohemia, con la que se disculpó por llegar tarde antes de tirar su portafolio Samsonite en una de las sillas desocupadas al lado de los científico-bohemios.

– Éste no es farmacéutico, le dije a Quique.

– Puto tampoco.

– ¿Podés parar un segundo con eso?

Claro que no era ni gay ni farmacéutico y no podía negar que me había encantado.

Inmediatamente corroboré que no tuviese anillo en el dedo anular – la empiria es una materia importante en nuestra carrera-. No tenía, con lo que despejada de tal limitación, me dediqué a observarlo de arriba a abajo. Sin escrúpulos: La camisa Cardon, el Jean Levis, los náuticos Hush Puppies, el pelo en el pecho, su mano izquierda. Tanto lo miré que finalmente se dio por aludido y no tuvo más remedio que preguntarme si quería preguntarle algo o tenía alguna duda sobre lo que estaba diciendo. -Doctora, ¿Alguna pregunta? Tiene una cara. Esto me lo preguntó con su voz masculina, ronca, alta, y delante de todos, faltando nada menos que mil ochocientas cuarenta y siete clases más. Pero qué atrevido. Quique tuvo que darme un codazo para que respondiera porque yo estaba absorta en mis pensamientos, en la astróloga, en la camisa, en la novia que no tenía, en el posgrado, en los ancianos prematuros. Y si bien había escuchado cada palabra de su pregunta, no relacioné ni por un segundo que me la estuviera haciendo a mí.

– Te está hablando a vos, estúpida.

– Ya sé imbécil, le dije a Quique de costado y en voz baja. 

Al Dr. Debonis en cambio le dije “no”, con un “no” desmedido, duro, inflexible, y estúpidamente sacrificado en comparación con la pregunta simple y genuina que me había hecho; de alguna manera quise dejarle en claro que No quería preguntarle nada, que Tampoco saldría con él luego de las mil ochocientas cuarenta y siete clases, que Jamás aceptaría ser su novia, Menos su esposa y Menos que menos permitiría que un banana como él fuese el amor de mi vida, quien revolucionaría mis días, a tal punto de desencontrarme a mí misma y a abandonar a mi actual pareja- aunque yo no tuviese una.-